viernes, 15 de noviembre de 2013

Reseña de las clases 1,2 y 3 del seminario 2 de Jacques Lacan El Yo en la teoria de Freud y en la técnica psicoanalitica Jacques Lacan,

Este texto toma como referencia principal el Seminario, libro 2 El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, Buenos Aires, 2001.


Evaristo Peña Pinzón


 Psicólogo egresado de la Universidad Nacional de Colombia, 
Magister en Psicoanálisis, Subjetividad y Cultura de la Universidad Nacional de Colombia. 
Docente de la Universidad Antonio Nariño

Este escrito es más una interpretación de frases proferidas por Lacan en su seminario  2 sobre “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, de las cuales se presentan algunos amarres con la idea de mantener la forma con que el autor presenta sus elaboraciones, y provocaciones, para realizar una lectura de la obra de Sigmund Freud.

Clase  1

El ‘yo’ tiene un lugar en la teoría y técnica psicoanalítica, así como lo tiene en otras disciplinas. Su conceptualización en psicoanálisis, hecha por Lacan, no es equivalente, ni el uso, frente a la psicología o a otras disciplinas, partiendo del fundamento que encontramos en la obra de Freud, la cual obedece a una elaboración progresiva en función de la clínica.

Para empezar, en francés existen dos vocablos que permiten diferenciar el ‘yo’[1]: el pronombre ‘je’ que cumple la función de sujeto en una oración, que se establece como simbólico propiamente dicho; y el ‘moi’, que hace las veces de complemento. En la versión del seminario usada, el traductor aclara que el ‘ich’ freudiano (‘yo’ en alemán) se asume como yo (moi), es decir, del lado del funcionamiento imaginario,  como complemento.

Existe una elaboración sobre el ‘moi’ en el campo de algunos filósofos, y también se la encuentra en el campo de la ‘conciencia común’. Lacan propone que esto es parte de la historia del concepto, y que es con Freud con quien se marca una división histórica, en la que el ‘moi’ puede ser asumido conceptualmente como ‘el antes’, en un tiempo preanalítico, a lo desarrollado por Freud. El concepto sufrirá una modificación, una conmoción particular, luego de la introducción de la teoría freudiana: se dará una revolución, en un sentido copernicano, en relación con la comprensión e intervención sobre el aparato psíquico.

La nueva perspectiva abierta por Freud se enfoca en abolir la concepción precedente, signada por la idea de la razón y el control voluntario de los impulsos anímicos como totalizantes del ser. Luego de la revolución generada por la teoría de Sigmund Freud aparecerá todo un movimiento alrededor del planteamiento de su hija, Anna Freud, y sus postulados, que hacen “reaparecer” una noción del ‘moi’ lejana a la propuesta del propio Freud, lejana a la coherencia de su conjunto teórico, postura que tiende a la reabsorción del saber analítico por la psicología general, que para el caso resulta ser equivalente a la psicología preanalítica. En otras palabras, mientras Freud postuló una organización estructuralista del aparato psíquico y un funcionamiento bajo las lógicas de las formaciones del inconsciente, los postfreudianos (con su hija a bordo) se encargaron de hacer lo posible por derribar dicha elaboración, ignorando los descubrimientos cruciales del fundador, lo que degeneró en una psicología analítica que no corresponde ni con el espíritu clínico de Freud, ni con la teoría que atraviesa los hallazgos, y mucho menos con las posibilidades de creación de nuevas formas de comprensión del aparato psíquico y de sus procesos.

Por ello Lacan insiste con que en el psicoanálisis no son separables la teoría y la práctica. De allí que el descubrimiento del inconsciente cambie el panorama del qué hacer médico para Freud, mostrando luces a una nueva praxis, que implica sensibles y progresivas modificaciones en muchos de sus postulados teóricos.

Por otra parte, los nacientes analistas de la época de Freud asumieron sus conceptos interpretándolos fuera de la perspectiva que él proponía[2], permitiendo la reabsorción de la que se habló, y llevando la práctica analítica por caminos poco recomendables para el paciente, pues al concebir el ‘moi’ como el eje central de la intervención analítica se obtienen unas consecuencias puntuales en la relación analista-paciente y en la dirección de la cura, tendientes a la identificación, y por ende fuera del propósito freudiano: la liberación del síntoma por vía del saber sobre la verdad.

¿Qué es lo que se pretende en análisis? Esta es una de las preguntas iniciales que debemos hacer, pues está aparejada con el lugar que se le da al ‘moi’ al interior de la práctica. El análisis cumple un papel desmitificador de las relaciones humanas, justamente para salir de la permanencia en la ilusión fundamental, la alucinación del hombre moderno, en relación con su integración como individuo, factor fundamental que revela el malestar generalizado en relación con las pulsiones indomeñables, lo cual está bien signado en las redes de un síntoma mediante la identificación. Así, nada más opuesto al espíritu freudiano que pretender una salida del malestar por la vía de la identificación.

Por esta razón es crucial entender el lugar justo del ‘moi’: el hombre moderno cultiva una cierta idea de sí mismo = ‘semi-ingenuo’ <> ‘semi-elaborado’. Su ilusión consiste en la creencia de estar elaborado de ‘tal o cual’ modo, haciendo participar en esto una serie de nociones difusas construidas por él y culturalmente admitidas desde imperativos categóricos como:

“[…] soy hombre, con sus justificaciones que pretenden ser homogéneas para un cierto grupo, hasta aquellas que denotan su tendencia, igualmente homogeneizante, al plantearse dentro de la civilización como individuo”[3].

Así puede creer el individuo, por ejemplo, que su creación proviene de una cuestión absolutamente ‘natural’, siendo esta concepción contradictoria con su realidad psíquica. Nada más actual que esa ilusión científica en la que, por ejemplo, la evolución explica todo del comportamiento humano, hasta que éste muestra como los límites de la explicación son los que realmente se revelan con el acto humano.

Freud trasciende esta ilusión, la cual ejerce una influencia decisiva en la subjetividad. De aquí el cuestionamiento de si quien se interese por el psicoanálisis abandona, o abandonará, lo que Freud vislumbró en la emergencia de lo inconsciente, o por el contrario, se permitirá evidenciar su relieve, para que ello, bien lejos de ser un concepto etéreo, obtenga nueva vida.

Lo inconsciente es lo que permite que la verdad y el saber le exijan al sujeto una postura singular en la relación interhumana, sin que dejen de aportar, estos dos campos, ‘el saber’ y ‘la verdad’, ambigüedad de sí mismos y entre ellos. Con el descubrimiento del inconsciente Freud ubica justamente, entre estos dos campos, al deseo, y a éste lo vincula fundamentalmente con lo reprimido.

El saber se enlaza a las exigencias de coherencia, lo cual precede al progreso de la ciencia en tanto experimental. Para articular esto con la historia, Lacan trae a escena los postulados de Sócrates, quien fundara una nueva forma de ‘ser-en-el-mundo’, una nueva subjetividad. Sócrates propone que la ‘areté’, el bien máximo al que un humano puede acceder, no se alcanza por la vía del saber-ciencia, lo que produce un descentramiento. El saber como virtud pretendida le abre todo un campo al ‘individuo’[4], pero eso no quiere decir que logre su ser, su transmisión o su formación en la vía de la ciencia. El individuo aquí encuentra un límite, justamente en el encuentro con la imposibilidad de unicidad. Posteriormente puede ubicarse el nacimiento de la noción del ‘yo’, solo con la imposibilidad podemos hacer una teoría de la unicidad. La dificultad para nosotros aquí tiene que ver con nuestra incapacidad para pensar el tiempo anterior, ahistórico, aquel que no existía, lo que nos lleva siempre a la idea de que ‘eso estuvo siempre ahí’. Sucede con el ‘yo’, y con el lenguaje: se originan o se fundan en un momento y con unas condiciones especiales, a partir de lo cual ya no es posible pensar en ‘lo anterior’ si no es con los símbolos de la actualidad, lo que genera una sensación de perpetuidad, por supuesto engañosa. Concluimos que con el pensamiento no se puede abolir un orden nuevo.

De esta manera es que no podemos dejar de pensar sin la noción del ‘yo’, adquirido en el transcurso de la historia de la humanidad y del sujeto, noción para la cual Lacan calcula que fue gracias a un proceso más bien reciente.

Para aquel que permanece muy seguro del orden del mundo a la manera cartesiana, ‘pienso, luego soy’, la cuestión de la realidad psíquica no le es tan fácil. Si la conciencia fuera transparente a sí misma (nunca lo es), el ‘je’ demuestra que no tiene por qué serlo. Lo que sucede, básicamente, es que el ‘je’ le es dado a la conciencia como un objeto: su aprehensión no implica al mismo tiempo que conozca sus propiedades. El ‘je’ es como un dato inmediato en el acto reflexivo, pero eso no implica que la totalidad de la realidad yoica quede agotada por esta vía.

En la historia de la ciencia, y en especial en la filosofía, se llega a una noción del ‘moi’ cada vez más formal, lo que implica una crítica a esa función. Por ejemplo, hubo un momento en que el progreso en relación con ésta función se desvió hacia la idea del ‘moi’ como sustancia que debía ser sometida a estricta crítica científica. El pensamiento se embarcó así en la apuesta de considerar al ‘moi’ como puro espejismo, y al no conservar un recelo ante el sustancialismo del ‘moi’ quedó implícito el interés en la noción religiosa de alma[5].

La revolución copernicana de Freud no sustancializa, y a la vez descentra la cuestión del ‘moi’, no lo fija en el centro de la cuestión analítica, pero sí le da un lugar y un modo de funcionamiento tal que permite un primer progreso de la teorización y la práctica respecto a esta función, a saber, a la manera como el poeta Rimbaud propuso: en realidad “…yo es otro”[6].

La propuesta de Freud, su descubrimiento, es que lo central es lo inconsciente, y esta formalización se escapa del círculo de certidumbres mediante las cuales el humano se reconoce como ‘je’. Solo fuera del campo de certidumbres es posible que algo pueda expresarse como ‘je’ en análisis, siendo esto justamente lo más desconocido para la función que cumple el ‘moi’.

En otras palabras, en el campo de las certidumbres se encuentra funcionando el ‘moi’, que cumple básicamente la tarea de mantener un apasionado desconocimiento frente a lo más íntimo subjetivo, su deseo inconsciente, lo que hace al sujeto deseante, ‘je’.

Por la época de Freud, él se ve obligado a admitir que lo que tiene que ver con el ‘moi’ está relacionado con la conciencia. Entonces, para Freud existía la equivalencia ‘moi’ = consciencia. Pero en su obra Freud, según la exposición de Lacan, no consigue situar la conciencia, y confiesa que ésta no es situable. Lacan propone que sí es posible situar la conciencia, pero partiendo de la correcta ubicación del ‘moi’ y el ‘je’.

Lo que Freud propone es un estudio de la subjetividad, mostrando el error que resulta cuando el sujeto del inconsciente se confunde con el individuo. El individuo ‘es’ en referencia a su especie, y por ello tenemos en cuenta propiedades suyas en tanto organismo que resultan, por definición, ser sus metas, ligadas a la perdurabilidad de la especie. Freud aporta que las elaboraciones alcanzadas por y sobre el sujeto no son situables en el eje donde se trata del individuo. Freud nos dice: el sujeto no es su inteligencia, ni las medidas que se logren de ella, él no se encuentra sobre el mismo eje de sus habilidades particulares, es excéntrico, el sujeto no se adapta, y mucho menos actúa en beneficio de lo que requiere la especie para supervivir, pues el humano subvierte el orden ‘natural’ mediante la cultura.

‘Yo es otro’: el sujeto está descentrado respecto al individuo.

Como ejemplo es evidente la cuestión del amor. Es manifiesto que el amor propio, el narcisismo, tiene como punto central el hedonismo propio del ego siendo esto lo que embauca, frustra a la vez, nuestro placer inmediato y las satisfacciones que podríamos extraer de nuestra ‘superioridad’ como especie respecto al placer. Por esta vía irrumpe la libido, la pulsión, el proceso primario, y no permite que el sujeto se satisfaga si no es mediante un telón de fondo de la insatisfacción, del deseo siempre insatisfecho.

Si no se comprende esto, la tentación de seguir por un camino diferente al planteado por Freud es amplia, al tiempo que se tiende a incomprender su texto en una suerte de delirio que interpreta la noción del ‘yo’, asumiéndola como ‘una cierta capacidad adaptativa’, heredando el error de los sucesores psicologicistas.

En ese tipo de elucubraciones, propias del grupo que psicologiza al análisis, el ‘moi’ es central. Parten de una psicología general que tiende, como en uno de sus casos, a proyectar sus postulados hacia una ‘autonomía del ego’, y ni qué decir sobre las ideas de adaptación, resocialización, etcétera, de egos sociópatas. En la misma vía está el sueño de la armonización pulsional, o de las emociones del sujeto, en fin, psicología que piensa el asunto del bien desde una moral que está perfectamente acomodada a la demanda social en la que el sujeto es embaucado con la identificación pretendida en una homogeneización obliterante.

Esta tendencia responde a la locura, más o menos generalizada, en el orden de las creencias, de las cuales una de ellas es: “nosotros somos nosotros”, idea de autonomía que pretende integrar conducta y voluntad a cuenta del ‘moi’. La evidencia de que la realidad no es así es captada por el sujeto cuando, justamente, duda de ello, duda de ser ‘si mismo’, y sin que necesariamente sufra fenómenos de despersonalización.

La idea de autonomía se cierra con las de ‘yo débil’ y ‘yo fuerte’, que inciden en toda una manera de pensar y hacer de una técnica, llamada analítica, algo que en realidad se aleja del espíritu elaborado por Freud.

Clase 2

El concepto ‘yo’[7] en la teoría freudiana no es equivalente al de la teoría clásica tradicional, aunque la prolongue[8]: en la teoría freudiana el ‘yo’ cobra un valor funcional.

El recorrido, entonces, viene desde Sócrates. En su época este tema era entendido diferente a la manera como se entiende el ‘yo’ en la actualidad. Enlazándolo con el máximo bien, con la perfección, ‘areté’, que da cuenta de la realización total del individuo, la concepción arcaica del ‘yo’ cayó bajo sospecha un tiempo después de lo propuesto por Sócrates, sospecha de inautenticidad. Esto causa, o bien un viraje concreto de la relación del hombre consigo mismo o una simple toma de conciencia. Al respecto, el psicoanálisis asume que se trata del viraje de la relación del hombre consigo mismo, hacia ‘otra cosa’. Fusión imposible del psicoanálisis con la psicología general debido al planteamiento unilineal evolutivo, preestablecido, que la última comporta.

De aquí que el vocabulario psicoanalítico sea el único con capacidad para designar, dentro de su propio campo, su objeto de estudio, y a la vez aquello que hace parte de la realidad cotidiana del análisis, de su práctica, sin dejar pasar  lo vital del asunto de diferenciar lo que en la clínica y en la investigación se descubre. Si el psicoanálisis no es los conceptos en los que se formula y se transmite, no es psicoanálisis, es otra cosa.

En este punto Lacan plantea una discusión sobre el dialogo platónico y el análisis, apuntando a que la cuestión de la ‘episteme’, el saber ligado por coherencia formal, no puede abarcar todo el campo de la experiencia humana. Justamente, no existe una ‘episteme’ de aquello que realizaría la perfección de la experiencia humana. Esta falta es lo que el individuo vive, lo que delimita la cuestión del sujeto ‘en falta’ de una episteme, con la que el individuo sueña deslumbrado con la idea de completitud.

Sumando más elementos, Lacan introduce la cuestión de la ortodoxia, la opinión verdadera, como la que permite una acción determinada, siendo a la vez revelador que lo que existe de verdadera en ella no es aprehensible por su saber ligado-científico.

La ‘episteme’ moderna ha realizado muchos progresos, tantos que hoy no es la misma que propone Sócrates. Pero la actual no deja de tener en su interior un fundamento de coherencia. Justamente, la ciencia experimental, la psicología, se mantiene en el campo de plantearse al individuo como centro, refiriéndolo a la adaptación dentro de un marco coherente ligado a su entorno, o a su aspiración, lo que es radicalmente diferente al planteamiento psicoanalítico, y todo básicamente por el estatuto que se le otorga al ‘moi’.

La disertación socrática sobre el amo y el esclavo equivale en parte a la cuestión que pone en juego el análisis, que con su marco epistemológico propone un paso hacia ‘otra dirección’: de lo imaginario a lo simbólico. El esclavo no puede dar el paso, queda aún en el campo de lo imaginario, es el amo-maestro que proporciona el paso. Es en el paso en el que se genera un clivaje, lo cual interesa porque muestra una detención elegida ante la homogeneización, y la introducción de una realidad forzada, que es sentida como impuesta. Este es el logro, junto a tantos otros, del surgimiento de la palabra, para la humanidad y para el sujeto.

La aparición del símbolo tiene la propiedad de historizar, de generar su propio pasado, lo cual sucede en todo campo del saber a partir de una base intuitiva, imaginaria, lo que genera siempre un error: considerar que ‘eso’ (lo que sea) ya estaba ahí. Freud es categórico al respecto: lo que diferencia en buena parte su teoría de las demás es considerare que el ‘yo’ es una instancia que no estaba, que se construye:

“Es un supuesto necesario que no esté presente desde el comienzo en el individuo una unidad comparable al yo; el yo tiene que ser desarrollado. Ahora bien, las pulsiones autoeróticas son iniciales, primordiales; por tanto, algo tiene que agregarse al autoerotismo, una nueva acción psíquica, para que el narcisismo se constituya.”[9]

El ejemplo del bebé que grita, y que es acallado con el seno materno en un movimiento de ordenamiento-sanción, logra introducir un elemento imaginario que será matriz para simbolizar el objeto oral del sujeto en falta de éste, lo que genera una base intuitiva que lo llevará a perseguir y nunca reencontrar lo que, anhelado en un tiempo, de ningún modo tuvo antes. En ese movimiento, esa nueva acción psíquica, es el ‘yo’ el que cobra su lugar como función.

Continuando, lo que se descubre en análisis tiene que ver con la ‘orthodoxa’, opinión verdadera: todo en la acción analítica es anterior a la constitución de un saber[10], lo que no impide constituir algo de la misma naturaleza, del orden del saber, ‘a posteriori’.

Ahora, desde el lugar de quien escucha en la relación analítica, existe una paradoja: cuanto más se sabe, mayor es el riesgo. El psicoanalista debe formarse, moldearse, fuera del dominio de donde se sedimenta su saber.

Las palabras fundadoras son todo aquello que ha constituido al sujeto. Estas palabras están enmarcadas en unas leyes de nomenclatura que determinan, hasta cierto punto, la posibilidad de que los humanos copulen y forjen nuevos símbolos, pero también nuevos seres, con un nombre, que es y da cuenta de lo que cada uno tiene reservado.

Volviendo a la secuencia de trabajos de Freud, Lacan acota la importancia de seguir un orden en la lectura, pues no es gratuito que se hayan dado las cosas así en la obra de Freud, no ocurrieron así nada más. Recomienda así una serie de lecturas que dan cuenta del recorrido freudiano en relación con el ‘moi’[11].

Llegando a este punto, Lacan se permite dar paso a la comunicación de Lefèbvre-Pontalis sobre ‘Más allá del principio del placer’[12]. Se proponen tres elementos llamativos para la elaboración del trabajo del texto:

  1. El sueño en las neurosis traumáticas tiene el lugar de ser retorno de lo traumático, o sea que la idea de realización alucinatoria de deseo cae, se viene abajo.
  2. El juego del fort-da está en concordancia con el proceso de abandono efectuado por la madre, en el cual el niño intenta asumir el papel activo 8se debe pensar en términos de identificación).
  3. La situación transferencial conlleva una suerte de ‘repetición’, evidente en los sueños y en otras formaciones del inconsciente, en vez de la rememoración. Así, queda en evidencia que ‘la resistencia no procede de lo reprimido, procede del yo’.[13] Se modifica la concepción que Freud tenía de la transferencia, la cual ya no es solo producto de una disposición sino una compulsión a repetir.

Existe así la conclusión en Freud de la existencia de algo diferente al principio del placer en tanto tendencia irresistible a la repetición, que trasciende tanto al principio del placer como al principio de realidad que, aunque opuestos, Freud los organizó bajo la idea del ‘principio de constancia’. La compulsión aparece definida de manera contradictoria en tanto que se aborda según la lógica de su meta: controlar aquello que amenaza el equilibrio, produciéndolo. Esto introduce la dimensión mortífera de la repetición, la cual, como tendencia, modifica la armonía preestablecida entre principio de placer y principio de realidad, lo que conduce a integraciones cada vez más amplias y, por tanto, se convierte en el factor de progreso propiamente humano. La repetición, entonces, se ubica más allá del principio del placer. Pontalis propone dos dimensiones de la repetición: una como factor de progreso y otra como mecanismo.

Freud, en el texto citado, trata la cuestión del ‘moi’ como núcleo de las resistencias en la transferencia. El ‘moi’ tiende a la seguridad, al estancamiento, al placer. Es así como se puede definir que la problemática del ‘moi’ está enlazada a la función del narcisismo. De nuevo, se pone en tela de juicio la cuestión de la adaptación, del progreso, incluso se abre el cuestionamiento sobre la realidad. Lacan plantea, para cerrar esta case, la necesidad de desligar dos registros que tienden a ser confundidos: el de lo biológico y el de lo humano.

Clase 3

El edipo y su correlato, la prohibición del incesto, poseen una intensidad fantasmática que impacta sobre el plano imaginario del sujeto. Y se logró saber de esto solo a partir del estudio de los neuróticos, para luego pasar a una extensión mayor de sujetos. La prohibición, y los fenómenos que presenta la neurosis, son más bien recientes, terminales, en oposición a ‘originales’, es decir que son la piedra de toque, el acabado de un proceso.

En toda noción causal existe implicada una finalidad. Pero para el pensamiento causal no existe finalidad, por eso no es posible comprender algo de los fenómenos familiares o de parentesco si se intenta deducirlos de una dinámica natural. En otras palabras, el incesto en sí no suscita ningún sentimiento ‘natural’ de horror. Esto es lo que dice Levy Strauss: no existe ninguna razón biológica o genética que explique la exogamia.

Lo natural no abarca lo propiamente humano, es decir, lo natural no abarca a la función simbólica, la cual interviene en todos los momentos y grados de la existencia humana. Esto deriva en que, para el ser humano, todo está relacionado. La función simbólica, en tanto impacta lo imaginario y lo organiza, cobra una relevancia transversal en su experiencia, en la que el significante, la palabra, pone las bases de lo humano.

Levy Strauss apunta a la cuestión de las estructuras elementales, justamente las que dan cuenta de una red de prohibiciones, preferencias, indicaciones, mandamientos, facilitaciones. No habla de las estructuras complejas, las cuales son, tal vez, las que vivimos hoy, siendo las que poseen niveles estratificados más extensos, de más intrincada asociación.

El universo simbólico, luego de estar ya planteado, debe estar estructurado como algo acabado, dialéctico y completo. Hasta aquí entonces quedan imbricados tres elementos: ‘universo simbólico’, ‘estructuras de parentesco’ y ‘lo inconsciente’, tres elementos que denotan lo propio, lo obligatorio, para que exista sociedad humana.

Lacan introduce la cuestión del inconsciente colectivo, de la que dice que bien puede tomarse y elaborarse, pero no bajo la forma de ‘un gran animal’ que sería la colectividad humana, idea Jungiana, porque, siendo estrictos, lo colectivo y lo individual son lo mismo, lo inconsciente existe en la medida en que estamos dentro de la función simbólica, a tal punto que somos llevados a pensar la vida en términos mecánicos, por efecto de lo simbólico.

¿En que nos emparentamos con la máquina? Para empezar y aclararlo: el animal es una máquina bloqueada, porque el medio exterior lo determina y hace del individuo un tipo fijo. Bloqueada en el sentido de que está asegurada, de que no se saldrá del programa, su bloqueo le permite al animal la adaptación que nosotros hemos evidenciado en sus comportamientos. En cambio, el ser humano tiene infinidad de posibilidades, de elecciones, lo que nos deja en oposición al animal: somos máquinas, pero descompuestas, desbloqueadas.

La prohibición del incesto es universal y contingente, es decir que, por ser simbólica, pasa a un estatuto de universal para hacer lazo social como marco de las demás prohibiciones, partiendo a la vez de que esto no es necesario desde un punto de vista meramente biológico, puesto que es opcional, pero en tanto tal signada por lo simbólico y por ende obligatoriamente dentro de lo cultural. Este es el punto distintivo entre naturaleza y cultura.

Lo universal simbólico no tiene ninguna necesidad de difundirse sobre la faz de la tierra para ser universal. No existe nada que haga unidad universal, pero desde que el sistema simbólico funciona es de suyo ser universal.

El camino es lodoso. Por ejemplo, se comenten errores al intentar incluir lo dado, lo natural, bajo una significación, al intentar incorporar lo real aportado por la naturaleza siempre existe una limitación fundamental, porque lo dado, lo natural, ‘es’. Al hablar demasiado de ello estamos en el campo del delirio. Es un poco lo acontecido en la filosofía de la naturaleza y en otros intentos de dar cuenta de los orígenes, pretendiendo ir hasta la explicación última en bases biológicas o naturalistas. Y, justamente, Levy Strauss apunta a dar cuenta de los orígenes, y un instante después se encuentra estructurando su teoría mediante árboles simbólicos. Su pregunta, que pretende ir hasta lo inicial, hasta lo más arcaico, lo deja en el borde y ante el vértigo de encontrarse con la naturaleza, y se pregunta: ¿será en ella donde se tiene que buscar las raíces de su árbol simbólico?[14].

Levy Strauss retrocede ante la bipartición muy práctica, creada por él, de naturaleza y cultura. Su oscilación se debe a que no quiere que, con la autonomía del registro simbólico, aparezca Dios. “No quiere que el símbolo, hasta en la forma extraordinariamente depurada con la cual él mismo lo presenta, no sea más que Dios bajo una máscara”[15].

Lacan defiende su discurso, todo esto va a permitirle una exposición sobre la experiencia analítica, ya que los diversos aspectos de la transferencia solo se pueden ordenar correctamente dando lugar a lo simbólico y a la emergencia de la palabra plena en tanto fundadora y creadora para el sujeto. Si no se toma como se debe el valor funcional del ‘moi’, y la condición fundacional de lo simbólico y de la palabra plena, no se puede hablar de transferencia: esta quedaría haciendo cola en la serie de ‘fenómenos intersubjetivos’, ligados por un vínculo vago e inconsistente, absolutamente dependiente de una teorización imaginaria[16].

Retomando la función del ‘moi’, Lacan comenta que para entender lo designado por Freud, por ejemplo su metapsicología, es indispensable servirse de los planos diferentes de la realidad humana, y las relaciones entre estos: simbólico, imaginario, real, apuntando a que el análisis trata de mantener una experiencia simbólica pura. El ‘moi’ en su aspecto más esencial es una función imaginaria, este es el descubrimiento de la experiencia freudiana. Casi que por esta única vía, lo imaginario, se encuentra un elemento de tipicidad de lo humano, y es decepcionante: somos el ‘moi’, por eso tenemos la experiencia de éste y, además, es la guía (una de las pocas) de la experiencia (humana), tanto como lo son las sensaciones. De aquí que el embaucamiento, el engaño, sea típico del humano, bien basado en su narcisismo.

La estructura central de nuestra experiencia pertenece al orden de lo imaginario. Lo simbólico, lo cultural, se monta, por así decirlo, sobre una estructura imaginaria, la cual genera diferencias tajantes entre el animal y el humano: en la relación genérica (la genitalidad para la procreación), ligada a la vida de la especie, el ser humano funciona de otro modo, radicalmente fuera de lo que la especie requiere. Existe en él una fisura, una perturbación de la regulación vital. Esto es lo aportado por Freud con la noción de ‘pulsión de muerte’, la cual introdujo justo cuando su descubrimiento nodal empezaba a perderse.


En el humano, al adelantarse una apercepción sobre la estructura, la tendencia es a replegarse con tendencia a abandonarla, y por eso pasó en el círculo freudiano que al dejar en un segundo plano lo inconsciente, se volvió a una postura confusa, unitaria, naturalista del hombre, del ‘moi’ y de los instintos. De aquí la recomendación lacaniana frente a “Más allá del principio del placer”, y con toda la obra de Freud: leerla varias veces, a pesar de la confusión que pueda causar inicialmente.

En los últimos cuatro párrafos de “Más allá del principio del placer”, Freud quiso salvar cierto dualismo, en el momento en que varias nociones, libido, yo, etc., empezaban a tener la forma de un vasto todo que nos reintroducía en la filosofía de la naturaleza[17].

Para concluir, Lacan indica con fuerza que la función simbólica se introduce como dualismo de ausencia-presencia, es lo que utiliza el hombre para su funcionamiento en un marco que le permitirá sus primeras identificaciones, así como sus vínculos principales con objetos de odio, amor y deseo. El ejemplo lo encontramos en el uso que el ser humano da a las formas que encuentra en la naturaleza, pseudosignificativas, pero que se convierten en las imágenes que utilizará para construir sus símbolos fundamentales. Así, por ejemplo, es el hombre quien introduce la noción de asimetría. En la naturaleza la asimetría no es simétrica ni asimétrica, no existe orden ni medida, sencillamente ‘es lo que es’.

Lacan adelanta que la próxima vez explicará un poco sobre el yo como función y como símbolo, siendo justamente éste el problema que introduce la ambigüedad: el yo, en tanto función imaginaria, solo interviene en la vida psíquica como símbolo.



Referencias:

Ø  Izcovich, Luis. Los Paranoicos y el Psicoanálisis, Editorial No Todo, Medellín 2011.
Ø  Lacan, Jacques. El Seminario, libro 2 El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, Buenos Aires, 2001.
Ø  Freud, Sigmund. “Introducción del Narcisismo” (1914). En Obras Completas, vol. XIV, Buenos Aires: Amorrortu, 2006.
Ø  Freud, Sigmund. “Más Allá Del Principio Del Placer” (1920). En Obras Completas, vol. XVIII, Buenos Aires: Amorrortu, 1989.
Ø  Platón. “El Banquete”, en Diálogos, Madrid: Editorial Austral, 2007.
Ø  Platón. “Fedón”, en Diálogos, Madrid: Editorial Austral, 2007.



[1] Valga la oportunidad para traer al recuerdo las palabras de Javier Jaramillo en los últimos seminarios que dictó, en los cuales insistía sobre la dificultad que afrontamos en español al tener “…un solo yo para ambas funciones, la simbólica y la imaginaria”, que hace las veces de algo tan fuerte que opone todas las resistencias posibles a un análisis, a la emergencia de la pulsionalidad y de sus representantes para ser analizados, y en lo cual podemos preguntarnos sobre la particularidad del trabajo analítico en nuestro contexto y con nuestro idioma.
[2] Para una idea de cómo esto influyó sensiblemente en la praxis y en la realización teórica recomiendo la lectura del primer capítulo del excelente libro de Luis Izcovich, Los Paranoicos y el Psicoanálisis, Editorial No Todo, Medellín 2011.
[3] Jacques Lacan, “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, Op. Cit., página 13.
[4] Se usa el término ‘individuo’ siguiendo la forma como Platón hace el tratamiento del ideal en sus textos, en los que Sócrates habla, justamente de la indivisión, o del retorno a la unidad. Véase Platón. “El Banquete”, en Diálogos, Madrid: Editorial Austral, 2007. Platón. “Fedón”, en Diálogos, Madrid: Editorial Austral, 2007. 
[5] Es la lectura que hago de lo que sucede con el texto hegeliano, si bien en parte, pues el autor se acerca a otros límites angustiantes en los que se cuestiona la existencia del hacedor supremo. Ambas situaciones, su trabajo sobre la sustancialidad del espíritu y la naturaleza del origen de la totalidad, lo llevan a límites que permiten dar al menos un paso en otra dirección, dejando en evidencia el verdadero soporte de la ciencia, a saber, las religiones.
[6] Jacques Lacan, “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, Op. Cit., página 17.
[7] En este caso Lacan no aclara, ni el traductor, si se trata de yo (je) o yo (moi) debido a que el concepto es usado en el texto en lo concerniente a la historia de la ciencia y de la filosofía. Considero que se trata del yo (moi) en tanto acepción usada para identificar la integración del individuo, función yoica, más que el pronombre que da  lugar en tanto sujeto del deseo.
[8] Jacques Lacan, “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, Op. Cit., página 27.
[9] Freud, Sigmund. “Introducción del Narcisismo” (1914). En Obras Completas, vol. XIV, Buenos Aires: Amorrortu, 2006., página 74.
[10] Jacques Lacan, “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, Op. Cit., página 36.
[11] Ibíd., página 40.
[12] Freud, Sigmund. “Más Allá Del Principio Del Placer” (1920). En Obras Completas, vol. XVIII, Buenos Aires: Amorrortu, 1989.
[13] Jacques Lacan, “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, Op. Cit., página 41.
[14]Ibíd., página 59.
[15] Ídem.
[16] Ibíd., página 60.
[17] Ibíd., página 63.r

lunes, 6 de mayo de 2013

La Ética del Analista y principios de su formación


 ESTEBAN RUIZ MORENO

Psicoanalista. Foro de Psicoanálisis del Campo Lacaniano de Pasto (Colombia) - IF .


“Si hay una ética del psicoanálisis —la pregunta se formula—,
es en la medida en que de alguna manera,
por mínima que sea, el análisis aporta algo
que se plantea como medida de nuestra acción…”
Jacques Lacan, La ética del psicoanálisis

“En todo caso, el deseo del analista no puede dejarse fuera de nuestra pregunta,
por una razón muy sencilla: el problema de la formación del analista lo postula. 
Y el análisis didáctico no puede servir para otra cosa como
no sea llevarlo a ese punto que en mi álgebra designo como
el deseo del analista.”
Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis

Cabe hacernos una pregunta fundamental que soporta la praxis del psicoanálisis en la época actual y desde sus inicios, ¿qué es lo que autoriza al psicoanalista? ¿Qué es lo que le permite diferenciarse de la impostura en el campo del acto analítico frente a otros tipos de acto? ¿Qué implica ser analista?
El psicoanalista parte de la ética para autorizarse. No puede hacerlo desde otro lugar.
Primero, podemos empezar diciendo que el psicoanálisis se funda en una ética que se separa de la ética tradicional[1].
En este recorrido se abordarán dos campos fundamentales en lo tocante al campo de la ética, dos campos de reflexión obligatoria: el primero nos muestra qué es la ética en el psicoanálisis, –cómo se constituye y esboza su campo–, y la segunda instancia nos muestra cuál es la ética del psicoanalista, es decir, qué es lo que sirve de soporte para que un sujeto se pueda autorizar o no como analista. Por tal razón trataremos algunos conceptos trabajados por Jacques Lacan en 1959, en El seminario 7, La ética del psicoanálisis.
En primera instancia abordaremos el tema de la ética tradicional en su articulación con la problemática filosófica del “Bien” y con la radicalización de esta postura que es la del “Bien Supremo”.
El tema de la ética ha sido fundamental desde tiempos antiguos, desde la sabia Grecia con sus muchos hijos: Sócrates, Platón, Aristóteles y las escuelas: estoica, epicureísta y hedonista, entre muchas otras. Pasando por Santo Tomás, Kant, Sade en tiempos no tan remotos. Lacan va a interrogar a esta rama de la filosofía para saber si es posible fundar una ética del psicoanálisis desde ahí; esto es, poder encontrar en los postulados de la ética tradicional un soporte, una base, un sustento que permita articular a partir de estos postulados una ética para el psicoanálisis y una ética para el analista.
Lo crucial, lo que no se nos puede escapar a esta reflexión consiste en que la ética intenta formular un juicio sobre la acción. Pero el problema fundamental, –el que introduce el descubrimiento del inconsciente con Freud y los posteriores desarrollos por parte de Lacan–, consiste en descubrir que el campo de la ética se encuentra desfasado con respecto al sujeto en tanto una ética posible para el psicoanálisis. El nombre de este desfase, hiancia, fractura, es deseo. La ética concierne los actos humanos ignorando la existencia y la incidencia irreductible del deseo y su dialéctica. La cuestión consiste en preguntarse ¿por qué?
Tomemos punto por punto:
En primer lugar, Lacan, en El Seminario 7[2] sostiene que la ética tradicional se postula como la búsqueda de un bien; esto es, entre los diferentes bienes de la vida a los cuales el sujeto aspira, –aquí evoca la idea de una lucha constante entre estos bienes–, existe el Bien Supremo y este Bien específico es al que hay que aspirar por encima de todos los demás. Entonces, ¿de qué Bien hablamos aquí? El Bien podría ser un objeto tangible o inmaterial y tendría la característica de permitir la realización del hombre, esto es lo que lo hace tan importante para la tradición ética. Las personas deben aspirar al Bien, ese Bien que deviene supremo cuando permite la realización del hombre en el sentido estricto de una plenitud. Hay aquí una cuestión del Bien que corresponde a un Bien Ideal, a algo que lleve a la plenitud, un estado de plenitud del ser.
Si tenemos en cuenta este desfase llamado deseo que introduce Freud, encontraremos lo subversivo que puede resultar en cuanto a una ética tradicional. Lo diré en los siguientes términos: uno de los fines del psicoanálisis en la cura –en contraposición a la cura que también se decía a sí misma analítica y que pretendía el fin de análisis como una identificación con un ideal, el ideal del analista–, va en contra de la búsqueda de algún tipo de Bien, sea cual fuera éste, pues esto ocasiona un obstáculo en la vía del deseo, en la senda de lo que más tarde se constituirá como una posible ética del psicoanálisis.
En segunda instancia, podemos considerar exactamente que la búsqueda de este Bien particular está guiada por el placer. Lacan lo dirá de este modo: “…las cosas florecen, del modo más claro, en las vías de una problemática esencialmente hedonista.”[3] La lectura de ciertos filósofos[4], le muestra la búsqueda de ese Bien a través de una vía hedonista, una vía regida por el placer. El placer es el límite que tendría toda búsqueda al encontrar su fin, a saber, ese Bien único. Sin embargo, el placer se ve confrontado y problematizado por la concepción de placer que introduce Lacan en su articulación con el dolor como su extensión. ¿Cómo dilucidarlo? El placer tiene una doble concepción, presenta un doble cariz: se vive hasta un límite como placer, como descarga, como distención, como la reducción de la tensión[5], –si es que queremos indagar en la excavación freudiana concretamente–, pero cuando se atraviesa ese punto límite, tenemos que el placer se experimenta como dolor, eso es lo que el psicoanálisis llama goce. De este modo, el placer no solamente sería una satisfacción posible, deseable y buena para el sujeto desde el punto de vista del disfrute, el goce vendría a cuestionar cualquier estatuto de búsqueda del Bien a partir de una vía hedonista, de cualquier vía direccionada por el placer.
En tercer lugar, Lacan problematiza lo que denomina la moral del poder, una moral al servicio de los bienes. En esta ética –también así denominada– del poder encontramos la reflexión de Lacan en cuanto a la confrontación de la búsqueda del bien frente a la realización del deseo en el campo de la ética tradicional. La repuesta de Lacan es: “en cuanto a los deseos, pueden ustedes esperar sentados. Que esperen.”[6]; respuesta que Lacan evoca en el contexto de la segunda guerra mundial y la entrada de Hitler en París con sus ejércitos. De modo que en la moral del poder, el deseo es puesto en espera, insatisfecho como siempre, pero al punto de un borramiento en dicho tiempo de espera, en ese intervalo insalvable. Además, esta moral del poder claramente es una moral del control sobre los sujetos. Podemos apreciar que es aquí donde se hace un corte radical con la tradición filosófica, como cuando decimos comúnmente: “es la gota que rebosa la copa”.
Lacan, después de esta ardua interrogación al campo de la ética instituida desde la filosofía en tanto que ética tradicional, entiéndase: Sócrates, Platón, Aristóteles, Kant, entre algunos otros. En este corte radical del que hablaba, decide fundar el campo de una ética posible para el psicoanálisis y que subvierte, como dijimos antes, la ética precedente.
¿Cuál sería una ética posible para el psicoanálisis? Lacan funda entonces en una pregunta de insondable fecundidad: “¿Ha usted actuado en conformidad con el deseo que lo habita?”[7].
El alcance de esta fórmula constituye la posibilidad de introducir el deseo en el campo de la acción, un campo olvidado completamente por la ética tradicional. La ética del psicoanálisis no puede referirse a la búsqueda del ideal del Bien, a la organización de los bienes, a su regulación, a sus intercambios, a decidir cuál es mejor, cuál es supremo; mucho menos a la búsqueda de ese Bien a través del placer. La ética del psicoanálisis se remite a la experiencia del sujeto y se inscribe en la estricta relación entre acto y deseo; apunta a interrogar al sujeto por el deseo en los actos que este realiza, en las acciones de la vida cotidiana, esto es lo que Freud argumentó con su ingenio...
Posteriormente Lacan dará un giro de tuerca a la cuestión. Pasará de ese primer ¿has actuado conforme con el deseo que te habita?, a un segundo estatuto. En torno a esto, dará un paso adelante con respecto a la ética del psicoanálisis porque, como dice en El Seminario XX: Aun, podía decir algo más al respecto[8]. En Radiofonía y Televisión[9], en el año de 1973, pasa de la pregunta sobre el deseo a postular que la ética del psicoanálisis es una ética del Bien–decir, en el cual sitúa el reconocimiento del sujeto en la estructura, la forma en la cual un sujeto se reconoce en el inconsciente. El sujeto actúa regido por el deseo que lo habita, puesto que el deseo, –propuesto en el sentido estrictamente psicoanalítico del término–, está siempre ahí, está siempre en el acto del hombre. Lacan no para ahí, es necesario dar un paso más allá porque el giro de la ética del psicoanálisis consiste en un Bien–decir articulado al dispositivo analítico, el Bien–decir puede lograrse en un análisis. No rompe con su trabajo en El Seminario 7, lo sitúa más exactamente, puesto que el Bien–decir es un acto en sí mismo. Entonces, el Bien–decir corresponde al deseo, en tanto que el sujeto debe hacerse responsable por él; hay un cambio que va de saber si ha actuado en conformidad con él o no al reconocimiento en la estructura…
Es esto lo que permite tomar el concepto de ética para imprimirlo a los dos vértices del dispositivo analítico: analista y analizante, el Bien-decir afecta al psicoanalista y al analizante. Esta ética toma obligatoriamente los dos lados del acto analítico, en tanto enseña que el analizante debe reconocerse en lo inconsciente a través de la asociación libre, y tal como siempre lo expresaba Freud: sin ocultar nada por más descabellado o penoso que sea; desde el lado del analista se presenta en el campo de la interpretación, en el campo de la dirección de la cura, una cura que no responda a una idealización del analista o a una relación analista–analizante que se complete con la fórmula: el analista como el buen objeto para el analizante. Es decir, las posturas de la IPA en torno a lo que sería una cura en el análisis.
El bien–decir es un acto que permite llegar a un final de análisis posible en lo tocante a la operación por la cual el sujeto modifica su posición con respecto al goce, esto es, el fin de análisis no consiste en disecar el inconsciente –algo a lo que no se llegará nunca–, tampoco consiste en que el sujeto deje de soñar, menos aún en la extinción del goce, de ninguna manera en que el sujeto deje de tener lapsus u olvidos, el fin de análisis consiste en una posición nueva con respecto al goce.
Ahora debemos pensar la relación posible del analista con el campo ético antes esbozado. El psicoanálisis se constituye como un acto, a saber: el acto analítico.
En cuanto al acto, Lacan dilucida su diferencia con respecto a la conducta, en el sentido de pensar que solo los sujetos se encuentran inmersos dentro del campo de la responsabilidad. Así articula lo que es ético con la capacidad del sujeto de responder por sus actos. Entonces, el estatuto de acto se funda en la responsabilidad que se presenta en el ser humano, único ser capaz de responder por lo que hace.
Por tal razón todo acto es ético…
Tomaremos la definición que proporciona Lacan en El seminario de la ética: “La ética consiste esencialmente (…) en un juicio sobre nuestra acción….”[10] ¿Qué significa esto? Que la ética, hablando en términos generales, consiste en los actos y éstos comprendidos siempre dentro del marco de la responsabilidad. Podemos ver claramente que Lacan sitúa ese campo ético en el corazón, en lo crucial del psicoanálisis: “…el psicoanálisis procede por un retorno a la acción. Esto por si sólo justifica que estemos en la dimensión moral. La hipótesis freudiana del inconsciente supone que la acción del hombre, ya sea ésta sana o enferma, normal o mórbida, tiene un sentido oculto al que se puede llegar[11]”. Por tanto, el psicoanálisis se comprende como un acto, puesto que está fundado dentro del lugar de la responsabilidad que entraña inevitablemente el campo de la ética, en esto consiste el hecho de que el psicoanálisis es un acto analítico y es, ante todo, un acto ético.
Entonces, ¿cómo pensar este acto analítico? ¿Cómo estructurar la relación que comprende al analista con respecto a la ética? ¿Qué condiciones mínimas debería tener alguien que se autoriza como analista? ¿Cuál es su soporte en su estatuto más básico?
Tanto en la obra de Freud y de Lacan se constituyen tres condiciones indispensables, sine qua non para que alguien pueda autorizarse como analista:
1°. Quien desee hacerse analista se encontrará primero en análisis.
2°. “No hay analista sin Escuela” [12].
Expliquemos punto por punto con respecto a las condiciones fundamentales que requiere alguien que desee autorizarse como analista.
En primera instancia, en el año de 1912 en un compendio de textos denominados Trabajos sobre técnica psicoanalítica, en Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico, Freud es sumamente claro al enunciar la primera condición sine qua non: “para ello no basta que sea un hombre (el analista) más o menos normal; es lícito exigirle, más bien, que se haya sometido a una purificación psicoanalítica y tomando nota de sus propios complejos que pudieran perturbarlo para aprehender lo que el analizado le ofrece”[13]. Es importante poder situar el contexto del escrito, puesto que anteriormente Freud había propuesto que era a través del análisis de los propios sueños que alguien podría llegar a ser analista o no; esta posición es rectificada por Freud y se distancia totalmente de una posible apología del autoanálisis: antes que nada, el psicoanalista debe ser analizante primero. Por su parte, Colette Soler lo indica de la siguiente forma: “el psicoanalista se define en primera instancia, por el único rasgo de que acepta entrar en el dispositivo freudiano que por sí mismo determina lo que Lacan llama «el eje del procedimiento»”[14].
Siempre surge la pregunta, ¿qué sucede si quien se autoriza como analista no se encuentra un psicoanálisis? Freud advierte en sus Consejos al médico: “quien como analista haya desdeñado la precaución del análisis propio, no sólo se verá castigado por su incapacidad para aprender de sus enfermos más allá de cierto límite, sino que también correrá un riesgo más serio, que puede llegar a convertirse en un peligro para otros…”[15]. Este peligro para los otros es el falseamiento de la teoría psicoanalítica en una problemática imaginaria de la cual Lacan da cuenta desde el principio de su enseñanza. Por otra parte, el límite que contempla Freud no es otro que lo que se constituye como resistencia, –algo que suele ponerse del lado del analizante. Sin embargo, si leemos detenidamente el texto, esta resistencia no se ubica en el lugar del analizante, sino en el lugar del analista; límite –dice Freud–, que impone la resistencia. Lacan radicalizará este punto preciso con la siguiente fórmula: “Resistencia hay una sola: la resistencia del analista”[16], en la cual demuestra, –dentro de todas las críticas que levantó, dentro de toda la amargura que causó–, que la resistencia, como Freud la pensaba, se presenta del lado del analista.
Es evidente que esta no es la única consecuencia que podría extraerse de esta situación. Juan Guillermo Uribe, citando a Freud, indica en su texto, ¿Desde dónde se escucha en el Cartel del Pase?, los riesgos que se toman al emprender un análisis con un psicoanalista que no estuviese en un análisis personal y las compara con el peligro de hacer radiografías sin la protección necesaria[17]. En fin… los riesgos son innumerables.
La segunda condición para autorizarse como psicoanalista la encontramos en Lacan en el contexto preciso de la fundación de su Escuela en el año de 1964[18]. Lacan funda su Escuela como el ámbito en el cual se sustenta una formación y garantía, además de constituirse como un dispositivo de control[19], a pesar de haber sostenido una crítica constante a las sociedades psicoanalíticas de su tiempo principalmente derivadas o asociadas a la Internacional de Psicoanálisis, IPA. Esto marca un punto que debemos resaltar, ¿por qué Lacan, al ser excluido de medio psicoanalítico de su tiempo por la “legitimidad freudiana”, quiso fundar una Escuela? Lacan lo dice así en el Acto de fundación: “Este título en mi intención representa el organismo en el que debe cumplirse un trabajo que, en el campo que Freud abrió, restaure el filo cortante de su verdad; que vuelva a llevar la praxis original que él instituyó con el nombre de psicoanálisis al deber que le corresponde en nuestro mundo que mediante una crítica asidua, denuncie sus desviaciones y sus compromisos que amortiguan su progreso al degradar su empleo (…) Este objetivo de trabajo es indisoluble de una formación a dispensar en este movimiento de reconquista”[20].
Por tanto, y es algo ya sabido, fue el mismo Lacan quien fundó la Escuela como el espacio en el cual se forma un psicoanalista a través de los debates, el estudio de los textos, presentaciones de casos, publicaciones, presentaciones de pacientes y los controles. Esto permite concluir que un psicoanalista no puede encontrarse por fuera de una comunidad analítica en la cual pueda poner en el lazo social las cuestiones que atañen a dicha formación: en cuanto a lo teórico podemos indicar: la lectura e interpretación de los textos, los nuevos aportes que pudiera hacer al avance de la teoría, la puesta en juego ante los otros de su escritura y sus producciones[21] intelectuales, los debates que resulten de su interacción con los colegas, las intervenciones en los espacios generados por la Escuela o los Foros en cuanto a seminarios, encuentros, convenciones, así como el trabajo y funcionamiento de los distintos carteles; en la parte del dispositivo analítico podemos enunciar: la disciplina de los controles de casos con otros psicoanalistas, los espacios de presentaciones de casos, viñetas clínicas y presentaciones de pacientes, las cuestiones pertinentes al pase, a las nominaciones que provienen del Cartel del Pase. Dimensiones teórica y clínica que en psicoanálisis son inseparables por estar constituidas en la propuesta de Lacan en El seminario 11, Los 4 conceptos fundamentales del psicoanálisis como una praxis[22], una práctica discursiva que es enteramente una forma de conocimiento diferente de otra forma de conocimiento como la ciencia[23].
A propósito de la formación que implica al psicoanalista, cualquiera podría decir, basándose en conocida la sentencia de Lacan: “el analista no se autoriza más que por sí mismo” [24], para desechar la importancia del análisis propio y de la Escuela como ámbito de la formación. Cabe resaltar que existen dos razones de enorme peso en las cuales el mismo Lacan muestra lo contrario: por una parte, en la Proposición del 9 de Octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela, dice: “Primero un principio: el psicoanalista no se autoriza sino a sí mismo. Este principio está inscrito en los textos originales de la Escuela y decide su posición (…) Esto no excluye que la Escuela garantice que un psicoanalista dependa de su formación[25]”; y completa esta sentencia en la clase del 9 de abril de 1974 en El seminario 21, Los incautos no yerran de la siguiente forma: por “y no sin los otros[26]”, refiriéndose a otros analistas. Lo anterior permite aseverar que Lacan en ningún momento dejó de lado la cuestión de la formación a la soledad del psicoanalista, y él mismo fue la prenda más clara de ello, puesto que al fundar la Escuela, deja de lado su soledad (“Yo fundo –sólo como lo he estado siempre en mi relación a la causa psicoanalítica– la Escuela francesa de Psicoanálisis…[27]”), para congregar a los analistas en torno a la Escuela: “… ¿acaso por eso me creí el único? No lo fui más desde el momento en que uno solo me seguía los pasos (…) No hay homosemia entre el único [le seul] y solo [seul][28]”.
Por tanto, el psicoanalista no está solo en ningún caso, debe pertenecer a alguna comunidad analítica cualquiera que sea ésta…
Estas son las razones que me han motivado a situar la problemática de la formación de los analistas, razones que surgen de los textos tanto de Freud como de Lacan y que podrían articularse a una ética específica. Del mismo modo, podemos decir que hemos dejado de lado algunos términos solidarios en relación al analista como resultado de la experiencia de su propio análisis, a la Escuela y la formación de la cual ella es garante, como son: el deseo del analista, final de análisis, el pase, el Cartel del Pase y las nominaciones que surgen a partir de él: los analistas[29] de la Escuela (A.M.E. y A.E.). Sin embargo, lo expuesto anteriormente permite entender las relaciones de la ética con el psicoanálisis y qué estatuto puede esperarse de dichas relaciones, en tanto posibiliten definir cuáles son las condiciones indispensables para que alguien pueda autorizarse como psicoanalista.

Bibliografía
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----------- Discurso en la Escuela Freudiana de París. En Otros escritos. Buenos Aires. Paidós. 2012. p. 281.
----------- El Seminario, Libro II, El yo en la teoría de Freud. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1998.
----------- El Seminario, Libro VII, La ética del psicoanálisis. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1997.
----------- El Seminario, Libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1994.
----------- El Seminario, Libro XX, Aun. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1981.
----------- Proposición del 9 de Octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela. En Otros escritos. Buenos Aires. Paidós. 2012.
----------- Psicoanálisis, Radiofonía y Televisión. Barcelona. Editorial Anagrama. 1993.
----------- Seminario, Libro XXI, Los desengañados se engañan o los nombres del padre. Sin establecer.
PALACIO, Luis Fernando. El psicoanálisis y su enseñanza. En El asunto del método en la investigación psicoanalítica. Medellín. Departamento de Psicoanálisis de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. 2011.
SOLER, Colette. El psicoanalista y su institución. Recuperado de http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/2013/01/colette-soler-el-psicoanalista-y-su.html el 27 de Marzo de 2013.
URIBE, Juan Guillermo. ¿Desde qué lugar se escucha en el Cartel del Pase? Recuperado de http://estebanruizmoreno.blogspot.com/2013/03/desde-que-lugar-se-escucha-en-el-cartel.html el 27 de marzo de 2013.



[1] LACAN, Jacques. El Seminario, Libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1994.
[2] LACAN, Jacques. El Seminario, Libro VII, La ética del psicoanálisis. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1997.
[3] Ibíd.
[4] A saber, según el texto citado: Platón, Aristóteles, la escuela de los Epicúreos, la escuela de los Estoicos y Santo Tomás.
[5] FREUD, Sigmund. Más allá del principio de placer. Obras Completas, tomo XVIII. Buenos Aires. Amorrortu Editores. 1995.
[6] LACAN, Jacques. El Seminario, Libro VII, La ética del Psicoanálisis. Óp. Cit. p. 375.
[7] Ibíd. p. 373.
[8] LACAN, Jacques. El Seminario, Libro XX, Aun. Buenos Aires. Ediciones Paidós. 1981.
[9] LACAN, Jacques. Psicoanálisis, Radiofonía y Televisión. Barcelona. Editorial Anagrama. 1993.
[10] LACAN, Jacques. El Seminario, Libro VII, La ética del Psicoanálisis. Óp. Cit. p. 370.
[11] Ibíd. p. 371.
[12] URIBE, Juan Guillermo. ¿Desde qué lugar se escucha en el Cartel del Pase? Recuperado de http://estebanruizmoreno.blogspot.com/2013/03/desde-que-lugar-se-escucha-en-el-cartel.html el 27 de marzo de 2013.
[13] FREUD, Sigmund. Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico. Obras Completas, tomo XII. Buenos Aires. Amorrortu Editores. 1995. p. 115.
[14] SOLER, Colette. El psicoanalista y su institución. Recuperado de http://elpsicoanalistalector.blogspot.com/2013/01/colette-soler-el-psicoanalista-y-su.html el 27 de Marzo de 2013.
[15] Ibíd. p. 116 – 117.
[16] LACAN, Jacques. El Seminario, Libro II, El yo en la teoría de Freud. Buenos Aires. Ediciones Paidós.
[17] URIBE, Juan Guillermo. Óp. Cit.
[18] LACAN, Jacques. Acto de fundación. Otros escritos. Buenos Aires. Paidós. 2012.
[19] URIBE, Juan Guillermo. Óp. Cit.
[20] LACAN, Jacques. Acto de fundación. Otros escritos. Buenos Aires. Paidós. 2012. p. 247.
[21] En ningún modo tomado en el sentido capitalista del término.
[22] LACAN, Jacques. El Seminario, Libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Óp. Cit.
[23] PALACIO, Luis Fernando. El psicoanálisis y su enseñanza. En El asunto del método en la investigación psicoanalítica. Medellín. Departamento de Psicoanálisis de la Facultar de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. 2011.
[24] LACAN, Jacques. Proposición del 9 de Octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela. En Otros escritos. Buenos Aires. Paidós. 2012.
[25] LACAN, Jacques. Proposición del 9 de Octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela. Óp. Cit. p. 261.
[26] Ibíd.
[27] “Je fonde —aussi seul que je l’ai toujours été dans ma relation à la cause psychanalytique— l’École française de Psychanalyse…”
[28] LACAN, Jacques. Discurso en la Escuela Freudiana de París. En Otros escritos. Buenos Aires. Paidós. 2012. p. 281.
[29] Que en ningún caso conforman una jerarquía.