martes, 5 de marzo de 2013

Elección, sujeto, y libertad, Un ensayo a partir del texto “predeterminación y libertad electiva”[1]




Evaristo Peña
Psicólogo Universidad Nacional de Colombia
Candidato a Magister en Psicoanálisis y Cultura, Universidad Nacional de Colombia
Docente Facultad de Psicología Universidad Antonio Nariño


DE LA ELECCIÓN

¿Qué elige un ser humano? En reiteradas ocasiones se escucha en la clínica la queja de los adolescentes, y de algunos adultos, en relación con que no eligieron nacer, no eligieron los dramas accidentales que forjan su particularidad vital, ni los destinos comunes a los que nos vemos abocados en la enfermedad y la muerte. Y estos sujetos tienen razón de su queja en el sentido en que una parte de lo elegible escapa a la voluntad del sujeto.

Por ejemplo, la biología, la carga genética, hacen lo suyo en el azar de las conjunciones cromosómicas, que definen la condición de ‘hembra’ o ‘macho’ en los individuos. Allí, la ciencia, por su parte, con su movimiento desmitificante, obtura con explicaciones ‘predictivas’ lo que a cada individuo le correspondería dentro de una serie de descripciones en el lugar de un saber cuantificable, que no distingue la particularidad de cada sujeto, porque de lo que se trata en la ciencia es de la continuidad a pesar de lo particular, de la generalidad, ‘nomotética’, regla general, que permite la predicción, supuesta tranquilidad lograda por la ciencia para un vínculo social en permanente insatisfacción. Otra cosa es el campo electivo del sujeto, en el que ‘se hace mujer’ o ‘se hace hombre’, atendiendo a las situaciones contextuales en las que cada sujeto es el productor de su movimiento identificatorio.

El psicoanálisis considera que los mecanismos inconscientes sobredeterminan en el sujeto algunas de las condiciones en las que él persigue su sueño de felicidad, y también aparejado el malestar propio y el causado a sus semejantes, pero no considera que esta sobredeterminación sea absoluta en el sentido de inamovible, pues el análisis abre su campo para trabajar con el sujeto que, en tanto hablante, es capaz de elección, de toma de posición frente a lo que la vida le propone en cuanto a su goce, a su deseo, a sus gustos[2], en fin, de acuerdo con las trazas elegibles de cada uno en relación con las novedades que cada experiencia trae consigo. Es allí donde el sujeto encuentra el mayor cobijo en su síntoma, del cual se queja, o con el cual se produce queja en su proximidad, en su prójimo, síntoma que produce al mismo tiempo satisfacción y del cual difícilmente, por voluntad propia, se hace una declinación.

Una lectura del psicoanálisis que obtura las posibilidades de una decisión voluntaria del sujeto, al articular por ejemplo que la voluntad exclusivamente es tema de la conciencia y del yo, cierra las coordenadas de trabajar con lo que de la estructura, lo real, es susceptible de asumir de una manera no estoica[3], en acto, es decir no a merced de lo irremediable, sino justamente en movimiento hacia lo que es opción para el sujeto a pesar de lo irremediable y con conocimiento de ello[4]. Esto deriva, según  el comentario de Lombardi sobre la propuesta de Lacan, en dos tesis sobre lo real: lo real irremediable, estructural, que no es susceptible de cambio, y lo real del acto de elegir, que se apoya necesariamente en lo anterior[5]. Lo dice claramente: “(…) en tanto psicoanalistas no nos ocupamos de nuestros pacientes para constatar lo que el síntoma tiene de repetición automática, sino para discernir en lo que se repite una fijación, una determinación en la que otra opción, otra posición subjetiva, otra satisfacción sea posible”[6]. Entonces el lugar de la complacencia del sujeto queda fuera de las finalidades del análisis, en tanto que lo que proyecta como tal es que el sujeto pueda asumir, primero aquello que de la estructura es inalterable, para que, en la vía del reconocimiento de su síntoma, identifique aquello que lo hace sujeto y tome de allí su valor para modificar la posición que ha asumido, de ser esa la acción por tomar, que ha demorado hasta su llegada al análisis[7].


DEL SUJETO

El sujeto del inconsciente tiene maneras de manifestarse. Freud descubre una parte en su investigación, las caracterizadas por ser simbólicas, y por esto su dedicación al síntoma sería el de descifrarlo bajo las coordenadas de la satisfacción sustitutiva producida para cada sujeto.

El síntoma revela lo que del sujeto se rebela, se resiste, de cara al Otro, mostrándole en el fenómeno sintomático su rechazo a la docilidad[8]. Esta fenomenología muestra lo elegible del síntoma en el sujeto, pues con él justamente se opone al goce estandarizado que le es impuesto. Aún si, en el caso del neurótico, la demanda del Otro se hace en la escena fantasmática, será eficaz el síntoma en la medida en que denota cómo el sujeto opta por lo peculiar de su propio goce. “(…) Incluso en los más inhibidos, en los más cobardes, se trata de un ser que solo se afirma en la elección”[9].

El psicoanálisis no toma al sujeto en tanto pensante, en tanto sujeto del cogito, lo toma en tanto hablante-ser, en tanto que es un sujeto emergente en una lengua que tiene como una de sus propiedades ser equivoca[10]. Que sea equivoca la ‘matriz’ de la lengua, de donde emerge el sujeto, es lo que posibilita que en él se habiliten las opciones más diversas en tanto que de ninguna forma se pueden predeterminar.

Tomando ahora un instante el método psicoanalítico, corresponde justamente con la posibilidad de dar apertura a las incoherencias (evidentes o supuestas) de un discurso del paciente, que manifiesta su lugar respecto a la cadena significante, siendo producido éste sujeto entre dos significantes, lugar en el que, separado de la cadena, evidencia los trazos de su deseo y del conflicto residente en su síntoma.

¿Existe sujeto sin conflicto? Este término, central en la obra de Freud, denota la esencia de la neurosis, en tanto que dificultad concerniente a la elección. Y se trata no de otra cosa que la complacencia que el sujeto hace frente a la negociación que las partes del ser realizan para obtener goce. Es así como el estallido del conflicto se evidencia en el síntoma cuando éste se consolida como formación de compromiso entre aquellas partes negociadoras. El compromiso consiste en que no existe renuncia ni sublimación, debido a que las partes no ceden su terreno, y al hacerlo en función del goce no existe elección,  derivando en división subjetiva[11]. En este orden de ideas nos dice Lombardi que “(…) Elegir supondría una desventaja, una pérdida, pero también una cierta entereza (…)” en la medida en que “(…) un acto podría aportar integridad, aunque fuese al precio de una pérdida; una coherencia ética podría otorgar al ser hablante lo que ninguna ontología puede asegurarle”[12].

Así, la neurosis es la posición subjetiva que posee como rasgo evidente la cobardía moral, que le inhibe obedeciendo a lo que las mociones yoicas prefieren defender antes de que la pulsión emerja, es decir, acometiendo una huida desde el yo frente a la parte del ello que se muestra[13], siendo ‘ello’ y ‘yo’ el mismo, dos sectores de la misma geografía psíquica. De aquí que Lombardi, siguiendo esta lógica freudiana, llegue a proponer que el yo que actúa en acuerdo, conforme, con el ello “(…) cancela la división subjetiva y la cobardía moral que ésta expresa”[14].

Pero el conflicto no se detiene allí debido a que el superyó, en tanto ‘abogado maléfico’, se encarga de propugnar el goce: “(…) que en lugar de pacificar hace todo lo posible por acentuar la división subjetiva”[15]. El conflicto del sujeto es su división por cuenta de la pugna entre instancias que acceden al terreno de las otras, generando lazos de compromiso entre tales instancias y entre el contenido sintomático en tanto sustitutivo de la satisfacción amoral del ello, lo que plantea una posición ética de cara al goce, “(…) cuya esencia es electiva”[16].

Un psicoanálisis demarca para cada sujeto las elecciones que le han permitido fijar una identidad, y la noción de sujeto dividido, sujeto del conflicto y del síntoma de compromiso, son las que permiten “(…) ubicar un estado en el ser en el campo de las preferencias y de las posibilidades de optar: el desgarramiento ético del ser ante algunas elecciones decisivas”[17].

Y en ello el factor determinante que se juega es el tiempo de manera lógica. En la hipótesis del inconsciente de Lacan está presente la idea: “(…) la ausencia de tiempo es un sueño, se llama eternidad. Uno pasa su tiempo soñando, y no soñamos solamente cuando dormimos. El inconsciente es exactamente esa hipótesis: que no soñamos solamente cuando dormimos”[18]. En la neurosis es determinante porque ella se ingenia una y mil formas de encubrir el tiempo, perdiéndolo. Todas las formas numerables, en ocasiones contradictorias unas con otras, denotan esa capacidad del neurótico de hacerse el muerto frente a su propia existencia, de allí su inhibición, su reactividad ante la angustia y su pasaje al acto como urgencia desorientada, todo el andamio de su pre-meditación, su duda, su procrastinación incoercible, hasta que puede poner a disposición del análisis su discurso. El neurótico sabe en ello algo que no soporta, su estatuto mortal, que trata de manera higiénica, impersonal, como si no le concerniera a él. La duda le permite esa puerta abierta: no estar seguro de nada, ni siquiera de su propio estatuto mortal.

De ahí que la clínica psicoanalítica persiste en el manejo del tiempo en tanto que lógico, planteando las discontinuidades temporales que marcan un antes y un después, de la misma manera que un suceso de ‘encuentro’ significa para un sujeto un antes y un después de dicha marca. El discurso proferido en análisis tiene la característica de ser trecho que no puede ser desandado: el tiempo es real, es irreversible. Las fantasías de los neuróticos frente a lo accidental son esclarecedoras, rumian la idea del ‘si hubiera hecho tal cosa, si hubiera hecho tal otra’, como ensalmo para tranquilizarse de lo real inevitable que comporta estar vivo. Por ello es angustiante, porque el vivir aporta la posibilidad de renovación de la vivencia, la angustia se adelanta como pre-acto[19].

Entonces el sujeto es tratado en análisis bajo las coordenadas del tiempo: en la medida en que este connota su finitud, pero sobre todo entraña lo que definitivamente queda luego del encuentro, un antes que ya no es y que el neurótico se empecina en no abandonar. La defensa yoica sirve así a las aspiraciones del goce, siempre retrotrayendo a un tiempo lógico anterior que convoca un marco determinado desde donde el sujeto quiere verse una y otra vez, inmaculado. Esto hace que el psicoanálisis no sea existencialista, pues no pone el acento exclusivamente en la faceta mortal del sujeto, sino en el deseo, indestructible, que permite siempre poner en tensión la posibilidad de que una posición subjetiva es susceptible de cambio, en la medida en que el hablante-ser es, ante todo, ser-para-actuar.

DE LA LIBERTAD

El punto de partida del psicoanálisis entonces es esta hipótesis: el sujeto ser-para-actuar, en acuerdo con la estructura del lenguaje, en la que el primero es producto del impacto que hace lo simbólico en lo real, se ve abocado irremediablemente a elegir, aún si la elección es forzada, se trata de una elección que el sujeto pone en su panorama y opta.

La discontinuidad significante es productora de la discontinuidad del tiempo. El tiempo es real como el inconsciente lo es, en la medida en que lo simbólico hace mella en la sustancia gozante, pero no la abarca toda. Y de aquí que para el sujeto toda experiencia del acontecimiento particular, que hace referencia siempre a la instalación de la huella de lo simbólico sobre lo real no todo abarcable, sea en la forma del trauma, en tanto sufrimiento del ser por la toma de postura frente a la elección que se le plantea[20].

El sujeto no es autómata, por más abocado a los automatismos mentales de la psicosis, tiene capacidad de elección. Y aunque exista una aptitud mínima para decidir esto constituye la voluntad subjetiva que permite responder “si” o “no” a lo que se quiere. De hecho es vital en el sujeto en formación encontrar la fascinación, rápida, prematura, del uso y la comprensión lograda del “no” frente al semejante. Entonces el encuentro con “el acontecimiento” para un ser electivo es lo que funda lo que potencialmente puede ser traumático, “tíque”, accidente afortunado o desafortunado, que pudo ser preferido o rechazado antes de haber sucedido[21]. Elegible o rechazable, porque comporta para el sujeto una fuente de goce seductor o terrorífico[22]. La temporalidad aquí no es la cronología, la sucesión, es la temporalidad lógica condicionada por la pulsionalidad y por los encuentros, así como por la postura subjetiva frente a ellos.

La libertad del sujeto entonces es aquella que, aún siendo un ínfimo margen, se constituye de cara a lo elegible frente al evento tíquico. Aún optar por la inhibición, optar por no optar, es en sí misma una elección subjetiva que puede hacer para un sujeto el trazo primordial de una vida, que es atravesada por esa forma de asumir lo accidental. Libertad opuesta a destino, libertad que admite la sobredeterminación para, en un solo movimiento, admitir que tal no es absoluta, que la cadena significante ofrece en su intervalo la riqueza inagotable con la que el deseo puede tramitar su causa y a la vez una limitación de estructura. Esto deriva entonces en una hipótesis de trabajo: en psicoanálisis un ser hablante elabora y produce los elementos correspondientes con sus elecciones, fijando así las aventuras que su vida le ha proporcionado para optar, de donde resulta una particular identidad[23].

El ser hablante propugna  por una identidad, siempre evasiva, que alcanza a divisar con los elementos de la estructura del lenguaje: asegurar la identidad fuera del Otro[24]. Para lograr esta identificación es necesario pasar por el Otro. La psicosis aquí nos plantea algo importante, que se encuentra en un tiempo lógico anterior a toda formación de neurosis, a todo paso por la estructuración con el Otro: la insondable decisión del hablante que se deja seducir por “el ser”, en lo cual consiste la locura. De aquí que se propongan dos dimensiones de la cuestión de la identidad: para los hablantes que están dentro del Otro y para los que no entraron en él, pero que comulgan en estructura por el lenguaje. Para el psicótico, más precisamente para el paranoico, la apuesta es en relación con establecer algo entre él y el goce identificado al lugar del Otro[25]. Se marca la diferencia nodal de las estructuras, desde esta perspectiva, en relación con el punto de soporte y el significante que amarra para el neurótico lo que lo hace estar alienado en la identificación que el Otro ha otorgado, generando un efecto sujeto “que padece la mecánica del síntoma”[26], mientras en la psicosis se trata de la destitución del sujeto que “(…) resuelve gozar del deseo del Otro de modos más o menos sublimados[27].

En este punto es que el psicoanálisis “(…) permite conmutar lo que inicialmente se presenta como elección forzada y como identificación alienada al Otro (…) en otro modo de elegir”[28]. El presentimiento de los filósofos se reafirma cuando Lacan apunta a la manera como la angustia revela ese lugar del sujeto frente al deseo, frente al acto y la conquista. Para los filósofos, Boecio y Kierkegaard, el pecado era una experiencia originaria del ser, en tanto elector que toma distancia del Otro, de su saber, en lo cual se forja un salto a la existencia, no sin angustia.

Ahora bien, el trabajo más complejo es justamente que el sujeto ‘abandone’ la identidad al Otro en beneficio de que reconozca sus amarres a la identidad forjada en el trauma, en tanto que esta es más estable porque lo conmina a su ser frente a la elección, más allá de los rasgos identificatorios al Otro.

Justamente en esa vía Lacan explica que las fases de constitución del sujeto están dadas por la alienación y la separación. “(…) En la primera la elección es forzada, en la segunda no”[29]. En la primera es el lenguaje que se introduce en el real de la sustancia gozante, e impacta alienando al ser en tanto que representado por un significante para otro significante[30], justo en el lugar donde existe mera exigencia pulsionante del lenguaje: simple demanda, haciendo del ser ‘objeto’. Esta explicación no basta porque es necesario encontrar la dimensión acorde con el psicótico, para hablar de su libertad, y lo que lo aclara es la estructura significante, entre dos significantes: cuando un sujeto está representado por un significante para otro significante existe un ordenamiento que le permite justamente metaforizar el deseo, pero si solo existe un significante, su deslizamiento será metonímico, sin posibilidad de encontrar una referencia entre los significantes, que le permita dicha metaforización, quedando atrapado en la seducción del ser. Lombardi escribe: “(…) Y si solo hay un significante, no hay sujeto representado para… Puede haber ser, puede haber acto incluso, pero no sujeto”[31].

En la separación se juega el ejercicio “(…) conscientemente asumido o desmentido, de la voluntad en un punto que concierne tanto al deseo del Otro como al goce pulsional”[32]. Esto permite ir un paso más allá de lo logrado en la alienación para el sujeto que posee la representación, es decir, dos significantes entre los cuales uno lo representa para el otro. De esta manera se comprende cómo el psicótico es el único que ejerce la libertad en la vía de estar nunca amarrado al Otro, debido a que en la cadena significante no tiene la asociación de dos significantes que operen la metáfora, lo que genera su salida de la vida neurotizante, estructura del psicótico “desencadenado” y “desencadenándose” en la relación con el semejante, en la medida en que una de sus imposibilidades es hacer lazo social, debiendo asumir el ser un costo excesivo. El psicótico dice un ‘no’ rotundo a las opciones que ofrece el Otro, lo que genera que su acto sea ‘pasaje al acto’, culminación de la alienación en tanto que se elimina al Otro[33].

Por su parte el neurótico se encontrará siempre en la coyuntura de soñar la libertad en la medida en que sufre de una cotidianidad estancada, a la que quisiera imprimir algo de más interesante, algo transgresor en ocasiones, conquista en otras, pero siempre en la mira de elegir aplazando su momento, ‘matando el tiempo’ en el sueño de engañar al semejante, soñando la libertad pero sin ejercerla.

El binarismo del significante logra constituir la trampa (narcisista) con la que el neurótico permanece fascinado. El análisis, en tanto de-subjetivación programada, le enfrenta (no sin violencia) a su a-parición[34] en tanto deseante, en la apuesta de la asociación libre, que explora ‘todas’ las combinatorias posibles, hasta agotarlas y concluir por las opciones vitales, fuera del binarismo, que el sujeto puede acceder, en la desalienación de la trampa narcisista.

Referencias Bibliográficas
Izcovich, Luis Transferencia y Pasaje al Acto en Acto, pasaje al acto y acting out en psicoanálisis, Gloria Gómez Editora, Bogotá, 2010. Página 102.

Lacan, Jacques, Seminario el momento de concluir, inédito, referenciado en Gabriel Lombardi, Op. Cit., página 50.

Lombardi, Gabriel  ‘Predeterminación y Libertad Electiva’ en Revista Aun, Foro analítico del Rio de la Plata # 3-4, 2010.



[1] Gabriel Lombardi, ‘Predeterminación y Libertad Electiva’ en Revista Aun, Foro analítico del Rio de la Plata # 3-4, 2010.
[2] Ídem, página 38.
[3] Ídem, página 39.
[4] Ídem.
[5] Ídem.
[6] Ídem.
[7] Ídem, página 40.
[8] Ídem, página 44.
[9] Ídem, página 45.
[10] Ídem.
[11] Ídem, página 46-47.
[12] Ídem, página 47.
[13] Ídem.
[14] Ídem, página 48.
[15] Ídem.
[16] Ídem.
[17] Ídem, página 52.
[18] Jacques Lacan, seminario el momento de concluir, inédito, referenciado en Gabriel Lombardi, Op. Cit., página 50.
[19] Ídem, página 51.
[20] Ídem, página 54.
[21] Ídem.
[22] Ídem, página 55.
[23] Ídem, página 59.
[24] Ídem.
[25] Luis Izcovich, Transferencia y Pasaje al Acto en Acto, pasaje al acto y acting out en psicoanálisis, Gloria Gómez Editora, Bogotá, 2010. Página 102.
[26] Gabriel Lombardi, Op. Cit., página 61.
[27] Ídem.
[28] Ídem.
[29] Ídem, página 65.
[30] Ídem, página 66.
[31] Ídem.
[32] Ídem, página 65.
[33] Ídem, página 69.
[34] parto, que implica ambos elementos de la fórmula íntima del fantasma, el sujeto y el objeto, y su particular relación.

viernes, 14 de diciembre de 2012

“Dermatitis atópica como marca del Otro en el cuerpo”

Beatriz Eugenia Ramos
Psicologa Universidad Nacional de Colombia
Master en Individu et societé Université Paul Valery Montpellier III
Candidata a Doctorado Medicina y Psicoanalisis Université Diderot Paris 7
Docente Investigadora Universidad Antonio Nariño
 

La dermatitis atópica es considerada como “un desorden cutáneo intensamente pruriginoso, frecuente en niños con antecedentes personales y/o familiares de una o más enfermedades atópicas, como, asma bronquial, rino - conjuntivitis alérgica, y dermatitis atópica.” Tincopa (1997).
De acuerdo con los estudios de Barrera (2009), la prevalencia de la dermatitis atópica ha aumentado en forma significativa en las últimas décadas en Colombia, afectando actualmente a más del 10% de los niños, con promedio de edad de 7 años y a 10% de los adultos.  Entre las razones que explican el aumento en la frecuencia, se encuentran elementos ambientales (aumento en la contaminación ambiental), aditivos en los alimentos, el aumento del estrés, el aumento en el conocimiento de la enfermedad por parte del grupo médico y algunos estudios dicen que también pude deberse a la disminución en la lactancia materna, aunque esto no se ha comprobado totalmente.

Para Tincopa (1997) en la dermatitis atópica “es reconocida la presencia de factores psicológicos en el curso de este cuadro, especialmente el estrés y la ansiedad, que actúan sobre el funcionamiento del sistema inmune; esta influencia de los aspectos emocionales caracterizaría la dermatitis atópica como cuadro psicosomático”. 
Al respecto Kozak (2009) dice: “De la observación en clínicas dermatológicas, se han extraído interesantes conclusiones en las cuales se describe una atmósfera psicológica característica, que señala que las personas con dichas afecciones, presentan una situación psíquica, que ha sido descrita como una desesperación controlada pero ansiosa, diferente a una depresión pero con una ansiedad particular, ya que si bien no están amenazados de muerte, el aspecto exterior de su cuerpo, se encuentra enfermo y por ello está comprometida su imagen social, algo muy importante en nuestra sociedad. Esto es motivo de una intensa preocupación, que se transforma en una fuente de ansiedad y a la sensación de molestias o dolor, se les suma la mortificación que producen”
 
En el caso de los niños, se ha encontrado que este aspecto psicosomático de la DA está muy relacionado con las dificultades del manejo de ansiedad en las madres.  De acuerdo con Núñez Sánchez (1999), “La presencia de ansiedad materna esta comúnmente asociada con la dermatitis atópica severa en la niñez y la adolescencia”, en el estudio realizado se encontró  “una diferencia estadística significativa entre la prevalencia de trastornos de ansiedad del grupo de casos y control, el 62% de las madres con niños con dermatitis atópica severa presentaron al menos un diagnóstico de trastornos de ansiedad, los diagnósticos más frecuentes fueron los trastornos fóbicos”
 
La distribución de los trastornos de ansiedad en madres de niños con dermatitis atópica severa es 35% fobia social, 32% fobia específica, 18 % Agorafobia, 11% trastorno de pánico, 4% Ansiedad generalizada, los niños de madres ansiosas presentan una severidad más alta en la enfermedad.
 
Así mismo, existen otros estudios que corroboran la relación entre la dermatitis atópica y las dificultades en las relaciones familiares, por ejemplo, durante el  2006 Ferreira y cols., realizaron un estudio cualitativo sobre las relaciones  en familias con un hijo entre los 6 y 9 años portador de Dermatitis Atópica, los participantes de esta investigación fueron tres familias residentes en Porto Alegre.   De acuerdo con Thomé Ferreira y Cols.  (2006) “Todas las familias refirieron que, desde su percepción existe una influencia importante de los aspectos emocionales sobre el surgimiento y la permanencia de los síntomas de la dermatitis atópica.  Esto está de acuerdo con lo que afirman Buske - Kirschbaum y cols. (2001) acerca de la influencia de los aspectos emocionales sobre la dermatitis atópica. Las peleas y los roces presentes en el contexto familiar estarían relacionadas con el surgimiento de las crisis en la percepción de las familias entrevistadas.  Situaciones de crisis familiar generarían susceptibilidades para el desencadenamiento de una crisis alérgicas, según lo que refieren las propias familias”
 
Con respecto a esta relación entre el síntoma del niño y las familias, Lacan, en su texto “Dos notas sobre el niño” dice: “el síntoma del niño se encuentra en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar”. Es decir que el síntoma del niño no sólo se refiere a lo que viven sus padres, sino a los síntomas que tiene esa estructura familiar a la cual pertenece. 
 
Ahora bien, para cada sujeto existe una marca que lo funda como tal, un rasgo unario que constituiría el primer significante,  pero ¿por qué existen personas que necesitan que esa marca se ubique en el exterior, sobre el cuerpo? Y avanzando un poco más sobre la temática de esta investigación ¿Por qué esa ansiedad materna en relación a ese niño en particular genera este tipo de patología y no otro en la que la superficie del cuerpo aparece como fundamental?

El niño es hablado por sus padres aún antes de que él mismo hable; la mirada del Otro y la significación de ese Otro hacia el bebé le dan contorno al cuerpo;  posteriormente lo real del cuerpo es desplazado por lo simbólico para dar paso a la apropiación de la lengua, por lo tanto cuando el sujeto habla se despide del goce del cuerpo, es decir que la representación reprime lo real; la represión es entonces la represión de la imagen del cuerpo como falo imaginario de la madre.

Posteriormente, el niño hace los primeros trazos representando su propio cuerpo, pero esto también debe ser reprimido para darle paso a las letras, cuando el niño deja los garabatos y rayones y empieza a escribir letras debe reprimir esa imagen y desapegarse de la forma para dar paso al valor literal, pues si no la fascinación de la imagen impediría privilegiar su valor sonoro.  La imagen fascina en virtud de nuestra propia imagen perdida.  Sin embargo, a pesar de esta represión, eso reprimido puede retornar cuando las letras se encuentran separadas.

En el caso del niño que se hace marcas, consciente o inconscientemente, estas aparecen como una forma de inscribir la norma, que inscriben en el cuerpo esas nuevas leyes que surgen cuando las leyes de la sociedad no funcionan para algunos grupos; estas leyes son de cada uno o de cada grupo; las leyes de la familia, de la sociedad son despreciadas y en su lugar aparecen otras normas, así, cada cual le puede poner o no límites al manejo de su cuerpo y de su vida.  Esta forma de leyes es propia para cada sujeto y corresponden a la forma de vida con la que cada uno se identifica, diferenciándose de los otros, y mostrándola por medio de estas marcas. 

Para Lacan (1958), la relación entre la marca y el deseo es evidente: “hay una relación estrecha, intima entre el deseo y la marca.  Es que la marca no está simplemente allí como signo de reconocimiento para el pastor que marca sus ovejas, el cual valdría la pena saber donde está él en la ocasión; sino que cuando se trata del hombre eso quiere decir que el ser viviente marcado tiene aquí un deseo que no es sino una relación íntima con esta marca”  No quiere decir que la marca modifique el deseo.  Pues es posible que desde el principio exista este deseo que la marca viene a revestir.  La marca lo que hace es evidenciar el deseo que la preexiste, ese deseo previo es de orden materno, es la evidencia del deseo de la madre.  Ese deseo que se hace marca a través de la piel de su hijo.

Bibliografía

Barrera, A (2009) Dermatitis Atópica Sociedad de Pediatría del Atlántico.


Farré, M S, Marcet, C y Rigo, M  (2001) ¿Qué es la psicosomática para el psicoanálisis?  Volumen 4 N 2

Ferreira, V. Campio Müller, M.  Zogbi Jorge, (2006)  Dinámica de las relaciones en familias con un miembro portador de Dermatitis atópica: un estudio cualitativo, Psicologia em estudo, Maringá Vol.11 N°3 P 617-625.

Freud,  S, (1926)  Inhibición, Síntoma y Angustia Obras Completas, Hyspamérica Ediciones Argentina, Buenos Aires.  Edición de 1993.


Núñez Sánchez, E.  González Otero, F. Rodríguez, E. Avilán, J. (1999) Trastornos de Ansiedad en Madres de Niños con Dermatitis Atópica de Moderada a Severa, Revista Dermatológica Venezolana, Vol. 37  N°1 

Tincopa O.; Herrera C.,Exebio C (1997) Prevalencia en escolares de Trujillo con y sin antecedentes personales y/o familiares de Atopia. Dermatología Peruana Vol. 7, Numero 2, Julio a Diciembre, Lima.

Thome, V y cols. (2006) Dinâmica das relações em famílias com um membro portador de Dermatite Atópica: um estudo qualitativo, Psicologia em estudo

Ulnik, J.  (2008) El médico, el psicoanalista y lo psicosomático, Subjetividad y procesos cognitivos, UCES p 193-210

lunes, 22 de octubre de 2012

El Delirio y los Sueños en la "Gradiva" de W. Jensen

“El Delirio y los Sueños en la <<Gradiva>> de W. Jensen Basado en el texto de Freud, Sigmund. El delirio y los sueños en la <<Gradiva>> de W. Jensen (1907 [1906]). En Obras Completas, vol. IX, Buenos Aires: Amorrortu, 2006


Evaristo Peña Pinzon
Psicologo Universidad Nacional de Colombia
Docente Investigador Universidad Antonio Nariño

El arqueólogo Norbert Hanold ha quedado prendado de un bajo relieve que encuentra en Roma, en el que figura una joven doncella, en postura de andar, en la imagen se ve que la joven “recoge un poco su vestido, que le cae en abundantes pliegues, de suerte que pueden verse sus pies calzados con sandalias”[1]. Freud apunta que la manera de caminar ahí figurada, lo inhabitual de ello, la diferencia[2], tiene para el personaje un particular encanto. Pero el mismo Hanold no atina a explicarse qué le llama la atención de esa figura, lo cierto es el efecto que a primera mirada surte en él la figura. Hanold le otorga un nombre a la doncella cuya traducción es “la que avanza”[3]. Desde allí comienza la serie de asociaciones delirantes que serán cadena de significantes para el personaje, cadena que expone y a la vez oculta un misterio por resolverse de la subjetividad del arqueólogo. De este encuentro nace el empuje por “aclarar las cosas haciendo observaciones al natural”[4], lo que lo esfuerza a un modo de comportamiento ajeno a lo habitual en él, pues “el sexo femenino había sido hasta ese momento para él una entelequia de mármol o terracota[5], es decir que no había prestado atención a las mujeres contemporáneas a él. Ahora se dispone a hacer una investigación, tratando de encontrar ese rasgo del andar de Gradiva en otras mujeres, con la correspondiente frustración. Sus ideas delirantes le llevan a forjarle un linaje a Gradiva, un emplazamiento y una época, todos modos deícticos para poder ubicarse él mismo ante la imagen, pero sin lograrlo, porque existe una radical distancia insalvable, en el humano, para poder ubicarse desde lo ofrecido por la imagen. Llega al punto de concederle a Gradiva una muerte trágica 1800 años antes en Pompeya.
Los elementos aquí están listos. Se trata, a mi modo de entender, de una erotización de lo mórbido en el caso de Hanold, incapaz de acercarse a las mujeres contemporáneas, al revés, solo se puede acercar cuando logra encontrar un rasgo “detenido”, congelado, en él y en la imagen. Lo que ofrece ésta es la posibilidad de establecer más allá de ella un punto de promesa, en la que la imagen cubre efectivamente una nada que se revela tras el telón: la preferencia por lo marmóreo de la estatua, de la imagen fija, que conlleva un goce punzante con la muerte. Lo inerte implicado en lo arqueológico, su elección profesional, el disfrute de las lenguas muertas, de la ardiente soledad implicada para el investigador, único ser vivo entre los muertos, ha sido conmovido por una grácil muchacha de una imagen con la que fantasea. La búsqueda lo lleva a Pompeya, donde se encuentra con el espectro de Gradiva, quien juega con él un poco a sabiendas de su delirio, mientras Hanold duda de la consistencia inmaterial de la aparición, que luego comprobará humana, y que a la vez le revela la cifra de su neurosis, en tanto que juega a estar muerto en vida, y así quiere hacer jugar la pareja ideal que pretende en este momento, acaso para no tener que enfrentar su fantasía de agresión sexual[6], para no tener que enfrentar la situación de “carne y hueso” que convoca lo erótico. Atinadamente Zoe-Gradiva comenta la situación en extremo rara: “que alguien deba primero morir para devenir vivo… para los arqueólogos ello es sin duda necesario”[7]. ¿Por qué? “La del andar resplandeciente”, se lo puede decir con las cifras de su mortalidad.


Considero que el otro elemento crucial es lo incestuoso para Hanold, su relación con el goce infantil, que se revela con lo insoportable que le parecen las parejas en tierno coloquio, excepto en esa otra fantasía al ver a una que, al fin, le es amena, aquella que considera que son hermanos  a pesar de sus diferencias físicas, y que luego encontrará en tierno abrazo, sin que ceda su ideación de hermandad, acaso, ¿esa no es su pareja ideal? ¿La que vivió de alguna manera  en su infancia con Zoe Bertgang? ¿Justamente la que reprime, y que la imagen se ha encargado de retornarle por la vía de la fantasía, el sueño y el delirio?



[1] Ibíd., página 10.
[2] Por supuesto, se subraya, porque se trata de la diferencia sexual que el andar de la joven plantea, en tanto femenina.
[3] Ídem.
[4] Ibíd., página 11
[5] Ídem.
[6] La idea es tomada de los golpes que lo hacen despertar del delirio, que invitan a la palabra de Zoe-Gradiva, golpes asociados con la niñez, con los que estos personajes transaban sus cuerpos, de lo cual propongo la agresión erótica presente en su fantasma, lo cual se encuentra con la mayor frecuencia en el contenido de las obsesiones del neurótico.
[7] Ibíd., página 31