viernes, 14 de diciembre de 2012

“Dermatitis atópica como marca del Otro en el cuerpo”

Beatriz Eugenia Ramos
Psicologa Universidad Nacional de Colombia
Master en Individu et societé Université Paul Valery Montpellier III
Candidata a Doctorado Medicina y Psicoanalisis Université Diderot Paris 7
Docente Investigadora Universidad Antonio Nariño
 

La dermatitis atópica es considerada como “un desorden cutáneo intensamente pruriginoso, frecuente en niños con antecedentes personales y/o familiares de una o más enfermedades atópicas, como, asma bronquial, rino - conjuntivitis alérgica, y dermatitis atópica.” Tincopa (1997).
De acuerdo con los estudios de Barrera (2009), la prevalencia de la dermatitis atópica ha aumentado en forma significativa en las últimas décadas en Colombia, afectando actualmente a más del 10% de los niños, con promedio de edad de 7 años y a 10% de los adultos.  Entre las razones que explican el aumento en la frecuencia, se encuentran elementos ambientales (aumento en la contaminación ambiental), aditivos en los alimentos, el aumento del estrés, el aumento en el conocimiento de la enfermedad por parte del grupo médico y algunos estudios dicen que también pude deberse a la disminución en la lactancia materna, aunque esto no se ha comprobado totalmente.

Para Tincopa (1997) en la dermatitis atópica “es reconocida la presencia de factores psicológicos en el curso de este cuadro, especialmente el estrés y la ansiedad, que actúan sobre el funcionamiento del sistema inmune; esta influencia de los aspectos emocionales caracterizaría la dermatitis atópica como cuadro psicosomático”. 
Al respecto Kozak (2009) dice: “De la observación en clínicas dermatológicas, se han extraído interesantes conclusiones en las cuales se describe una atmósfera psicológica característica, que señala que las personas con dichas afecciones, presentan una situación psíquica, que ha sido descrita como una desesperación controlada pero ansiosa, diferente a una depresión pero con una ansiedad particular, ya que si bien no están amenazados de muerte, el aspecto exterior de su cuerpo, se encuentra enfermo y por ello está comprometida su imagen social, algo muy importante en nuestra sociedad. Esto es motivo de una intensa preocupación, que se transforma en una fuente de ansiedad y a la sensación de molestias o dolor, se les suma la mortificación que producen”
 
En el caso de los niños, se ha encontrado que este aspecto psicosomático de la DA está muy relacionado con las dificultades del manejo de ansiedad en las madres.  De acuerdo con Núñez Sánchez (1999), “La presencia de ansiedad materna esta comúnmente asociada con la dermatitis atópica severa en la niñez y la adolescencia”, en el estudio realizado se encontró  “una diferencia estadística significativa entre la prevalencia de trastornos de ansiedad del grupo de casos y control, el 62% de las madres con niños con dermatitis atópica severa presentaron al menos un diagnóstico de trastornos de ansiedad, los diagnósticos más frecuentes fueron los trastornos fóbicos”
 
La distribución de los trastornos de ansiedad en madres de niños con dermatitis atópica severa es 35% fobia social, 32% fobia específica, 18 % Agorafobia, 11% trastorno de pánico, 4% Ansiedad generalizada, los niños de madres ansiosas presentan una severidad más alta en la enfermedad.
 
Así mismo, existen otros estudios que corroboran la relación entre la dermatitis atópica y las dificultades en las relaciones familiares, por ejemplo, durante el  2006 Ferreira y cols., realizaron un estudio cualitativo sobre las relaciones  en familias con un hijo entre los 6 y 9 años portador de Dermatitis Atópica, los participantes de esta investigación fueron tres familias residentes en Porto Alegre.   De acuerdo con Thomé Ferreira y Cols.  (2006) “Todas las familias refirieron que, desde su percepción existe una influencia importante de los aspectos emocionales sobre el surgimiento y la permanencia de los síntomas de la dermatitis atópica.  Esto está de acuerdo con lo que afirman Buske - Kirschbaum y cols. (2001) acerca de la influencia de los aspectos emocionales sobre la dermatitis atópica. Las peleas y los roces presentes en el contexto familiar estarían relacionadas con el surgimiento de las crisis en la percepción de las familias entrevistadas.  Situaciones de crisis familiar generarían susceptibilidades para el desencadenamiento de una crisis alérgicas, según lo que refieren las propias familias”
 
Con respecto a esta relación entre el síntoma del niño y las familias, Lacan, en su texto “Dos notas sobre el niño” dice: “el síntoma del niño se encuentra en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar”. Es decir que el síntoma del niño no sólo se refiere a lo que viven sus padres, sino a los síntomas que tiene esa estructura familiar a la cual pertenece. 
 
Ahora bien, para cada sujeto existe una marca que lo funda como tal, un rasgo unario que constituiría el primer significante,  pero ¿por qué existen personas que necesitan que esa marca se ubique en el exterior, sobre el cuerpo? Y avanzando un poco más sobre la temática de esta investigación ¿Por qué esa ansiedad materna en relación a ese niño en particular genera este tipo de patología y no otro en la que la superficie del cuerpo aparece como fundamental?

El niño es hablado por sus padres aún antes de que él mismo hable; la mirada del Otro y la significación de ese Otro hacia el bebé le dan contorno al cuerpo;  posteriormente lo real del cuerpo es desplazado por lo simbólico para dar paso a la apropiación de la lengua, por lo tanto cuando el sujeto habla se despide del goce del cuerpo, es decir que la representación reprime lo real; la represión es entonces la represión de la imagen del cuerpo como falo imaginario de la madre.

Posteriormente, el niño hace los primeros trazos representando su propio cuerpo, pero esto también debe ser reprimido para darle paso a las letras, cuando el niño deja los garabatos y rayones y empieza a escribir letras debe reprimir esa imagen y desapegarse de la forma para dar paso al valor literal, pues si no la fascinación de la imagen impediría privilegiar su valor sonoro.  La imagen fascina en virtud de nuestra propia imagen perdida.  Sin embargo, a pesar de esta represión, eso reprimido puede retornar cuando las letras se encuentran separadas.

En el caso del niño que se hace marcas, consciente o inconscientemente, estas aparecen como una forma de inscribir la norma, que inscriben en el cuerpo esas nuevas leyes que surgen cuando las leyes de la sociedad no funcionan para algunos grupos; estas leyes son de cada uno o de cada grupo; las leyes de la familia, de la sociedad son despreciadas y en su lugar aparecen otras normas, así, cada cual le puede poner o no límites al manejo de su cuerpo y de su vida.  Esta forma de leyes es propia para cada sujeto y corresponden a la forma de vida con la que cada uno se identifica, diferenciándose de los otros, y mostrándola por medio de estas marcas. 

Para Lacan (1958), la relación entre la marca y el deseo es evidente: “hay una relación estrecha, intima entre el deseo y la marca.  Es que la marca no está simplemente allí como signo de reconocimiento para el pastor que marca sus ovejas, el cual valdría la pena saber donde está él en la ocasión; sino que cuando se trata del hombre eso quiere decir que el ser viviente marcado tiene aquí un deseo que no es sino una relación íntima con esta marca”  No quiere decir que la marca modifique el deseo.  Pues es posible que desde el principio exista este deseo que la marca viene a revestir.  La marca lo que hace es evidenciar el deseo que la preexiste, ese deseo previo es de orden materno, es la evidencia del deseo de la madre.  Ese deseo que se hace marca a través de la piel de su hijo.

Bibliografía

Barrera, A (2009) Dermatitis Atópica Sociedad de Pediatría del Atlántico.


Farré, M S, Marcet, C y Rigo, M  (2001) ¿Qué es la psicosomática para el psicoanálisis?  Volumen 4 N 2

Ferreira, V. Campio Müller, M.  Zogbi Jorge, (2006)  Dinámica de las relaciones en familias con un miembro portador de Dermatitis atópica: un estudio cualitativo, Psicologia em estudo, Maringá Vol.11 N°3 P 617-625.

Freud,  S, (1926)  Inhibición, Síntoma y Angustia Obras Completas, Hyspamérica Ediciones Argentina, Buenos Aires.  Edición de 1993.


Núñez Sánchez, E.  González Otero, F. Rodríguez, E. Avilán, J. (1999) Trastornos de Ansiedad en Madres de Niños con Dermatitis Atópica de Moderada a Severa, Revista Dermatológica Venezolana, Vol. 37  N°1 

Tincopa O.; Herrera C.,Exebio C (1997) Prevalencia en escolares de Trujillo con y sin antecedentes personales y/o familiares de Atopia. Dermatología Peruana Vol. 7, Numero 2, Julio a Diciembre, Lima.

Thome, V y cols. (2006) Dinâmica das relações em famílias com um membro portador de Dermatite Atópica: um estudo qualitativo, Psicologia em estudo

Ulnik, J.  (2008) El médico, el psicoanalista y lo psicosomático, Subjetividad y procesos cognitivos, UCES p 193-210

lunes, 22 de octubre de 2012

El Delirio y los Sueños en la "Gradiva" de W. Jensen

“El Delirio y los Sueños en la <<Gradiva>> de W. Jensen Basado en el texto de Freud, Sigmund. El delirio y los sueños en la <<Gradiva>> de W. Jensen (1907 [1906]). En Obras Completas, vol. IX, Buenos Aires: Amorrortu, 2006


Evaristo Peña Pinzon
Psicologo Universidad Nacional de Colombia
Docente Investigador Universidad Antonio Nariño

El arqueólogo Norbert Hanold ha quedado prendado de un bajo relieve que encuentra en Roma, en el que figura una joven doncella, en postura de andar, en la imagen se ve que la joven “recoge un poco su vestido, que le cae en abundantes pliegues, de suerte que pueden verse sus pies calzados con sandalias”[1]. Freud apunta que la manera de caminar ahí figurada, lo inhabitual de ello, la diferencia[2], tiene para el personaje un particular encanto. Pero el mismo Hanold no atina a explicarse qué le llama la atención de esa figura, lo cierto es el efecto que a primera mirada surte en él la figura. Hanold le otorga un nombre a la doncella cuya traducción es “la que avanza”[3]. Desde allí comienza la serie de asociaciones delirantes que serán cadena de significantes para el personaje, cadena que expone y a la vez oculta un misterio por resolverse de la subjetividad del arqueólogo. De este encuentro nace el empuje por “aclarar las cosas haciendo observaciones al natural”[4], lo que lo esfuerza a un modo de comportamiento ajeno a lo habitual en él, pues “el sexo femenino había sido hasta ese momento para él una entelequia de mármol o terracota[5], es decir que no había prestado atención a las mujeres contemporáneas a él. Ahora se dispone a hacer una investigación, tratando de encontrar ese rasgo del andar de Gradiva en otras mujeres, con la correspondiente frustración. Sus ideas delirantes le llevan a forjarle un linaje a Gradiva, un emplazamiento y una época, todos modos deícticos para poder ubicarse él mismo ante la imagen, pero sin lograrlo, porque existe una radical distancia insalvable, en el humano, para poder ubicarse desde lo ofrecido por la imagen. Llega al punto de concederle a Gradiva una muerte trágica 1800 años antes en Pompeya.
Los elementos aquí están listos. Se trata, a mi modo de entender, de una erotización de lo mórbido en el caso de Hanold, incapaz de acercarse a las mujeres contemporáneas, al revés, solo se puede acercar cuando logra encontrar un rasgo “detenido”, congelado, en él y en la imagen. Lo que ofrece ésta es la posibilidad de establecer más allá de ella un punto de promesa, en la que la imagen cubre efectivamente una nada que se revela tras el telón: la preferencia por lo marmóreo de la estatua, de la imagen fija, que conlleva un goce punzante con la muerte. Lo inerte implicado en lo arqueológico, su elección profesional, el disfrute de las lenguas muertas, de la ardiente soledad implicada para el investigador, único ser vivo entre los muertos, ha sido conmovido por una grácil muchacha de una imagen con la que fantasea. La búsqueda lo lleva a Pompeya, donde se encuentra con el espectro de Gradiva, quien juega con él un poco a sabiendas de su delirio, mientras Hanold duda de la consistencia inmaterial de la aparición, que luego comprobará humana, y que a la vez le revela la cifra de su neurosis, en tanto que juega a estar muerto en vida, y así quiere hacer jugar la pareja ideal que pretende en este momento, acaso para no tener que enfrentar su fantasía de agresión sexual[6], para no tener que enfrentar la situación de “carne y hueso” que convoca lo erótico. Atinadamente Zoe-Gradiva comenta la situación en extremo rara: “que alguien deba primero morir para devenir vivo… para los arqueólogos ello es sin duda necesario”[7]. ¿Por qué? “La del andar resplandeciente”, se lo puede decir con las cifras de su mortalidad.


Considero que el otro elemento crucial es lo incestuoso para Hanold, su relación con el goce infantil, que se revela con lo insoportable que le parecen las parejas en tierno coloquio, excepto en esa otra fantasía al ver a una que, al fin, le es amena, aquella que considera que son hermanos  a pesar de sus diferencias físicas, y que luego encontrará en tierno abrazo, sin que ceda su ideación de hermandad, acaso, ¿esa no es su pareja ideal? ¿La que vivió de alguna manera  en su infancia con Zoe Bertgang? ¿Justamente la que reprime, y que la imagen se ha encargado de retornarle por la vía de la fantasía, el sueño y el delirio?



[1] Ibíd., página 10.
[2] Por supuesto, se subraya, porque se trata de la diferencia sexual que el andar de la joven plantea, en tanto femenina.
[3] Ídem.
[4] Ibíd., página 11
[5] Ídem.
[6] La idea es tomada de los golpes que lo hacen despertar del delirio, que invitan a la palabra de Zoe-Gradiva, golpes asociados con la niñez, con los que estos personajes transaban sus cuerpos, de lo cual propongo la agresión erótica presente en su fantasma, lo cual se encuentra con la mayor frecuencia en el contenido de las obsesiones del neurótico.
[7] Ibíd., página 31

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Exposición

El semillero de Psicoanálisis de la  Facultad de Psicología invita a la comunidad universitaria a la exposición de fotografía  MIR - a – RTE, que se llevará a cabo en el marco de la Semana Universitaria (17 al 22 de septiembre) en las instalaciones de la Biblioteca de la Sede Sur.
“Existe una piedra con un fascinus groseramente esculpido que el artista enmarco en estas palabras: Hic hábitat felicitas (Aquí reside la felicidad)”
Pascual Quignard, El sexo y el espanto.
El arte es mucho más potente, más fascinante (fascinus) que el psicoanálisis.  Llevar la teoría psicoanalítica al campo del arte, implica al cuerpo, a la letra, se trata de plasmar lo inconsciente en una imagen.  También se trata de convocar lo inconsciente del espectador, quien es visto por esa imagen que le muestra algo más allá de lo que él ve.  En esta exposición se hace posible llevar las frases de Lacan y Freud al cuerpo.  
En un primer momento el semillero exigía transformar la teoría en texto, ahora la propuesta es otro tipo de producto, llegamos al punto de como el texto se convierte en arte y narra algo de lo que sucede en el sujeto, en su cuerpo, en sus sueños, de sus vivencias. En el punto en donde lo que se lee se convierte en mirada…
 
A continuación una pequeña muestra de la exposición

Titulo: Condenada a la Fantasía

Autor: Andrea Manjarrez Montoya

“Podemos decir que revelamos nuestro lado oscuro, solo a condición de no revelar nuestra "identidad pública".

viernes, 29 de junio de 2012

Despedida a Javier Jaramillo

Es muy triste, para quienes tuvimos el honor y el placer de conocerlo, despedir a Javier Jaramillo Giraldo, psicólogo y psicoanalista, profesor de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, quien transmitió su saber y su deseo por la profesión a un sin número de generaciones de psicólogos, y en especial para aquellos que hemos optado profundizar en el psicoanálisis.



De hecho, en el Departamento de Psicología de la Universidad Nacional fue apreciado por la sencillez y disponibilidad permanente para sus estudiantes, indistinto del nivel de conocimientos que tuvieran, sin dejar de ser riguroso, amable y exigente respecto al desarrollo del saber, y de qué lado debía estar: por su puesto, el desarrollo correspondía a su interlocutor.



Lo hizo merecedor de una altísima confianza, depositada en él por sus estudiantes y pacientes, debido a su estilo inigualable para escuchar e interpretar, que nunca dio muestras de pedantería, ni pretensión alguna de tener de su lado la verdad.



Su pasión por la lectura la transmitía con una tranquilidad docta, de quien se pregunta y necesita responderse, acudiendo siempre al otro para lograr algún resultado, por eso hablaba con una facilidad increíble, ya de un tema de literatura, ya de las ciencias “duras” y de las comparaciones que él hacía con el psicoanálisis, pero también de éste último y las teorías más complejas con una sencillez que invitaba siempre a la investigación.



Un recuerdo que tengo de él es la forma como explicaba en clase la cuestión de los rituales obsesivos, recurriendo a él mismo. Decía que “uno deja de persignarse, y luego, al cabo de un tiempo, como siempre seremos un poco obsesivos, pasando cerca de una iglesia, o un cementerio, el gesto que remplazaba la señal de la cruz bien podía ser, con un dedo, ajustarse las gafas”. Hacia su gesto y lo acompañaba de alguna explicación más profunda, compleja, por ejemplo de las relaciones de la neurosis con la Até, y el ateísmo que era el siguiente paso a la creencia judeocristiana, por supuesto, aclarando que esas ideas no eran de él, que se las había encontrado, y que suyo era solo el ejemplo, la teoría y el saber estaban en otra parte. Nos dejaba en acto siempre la inquietud y la claridad de que recurriendo a la ‘psicopatología cotidiana’, como método eficaz para comprender, o interesarse, encontraríamos eso que al parecer no representaba mayor importancia para el sujeto, pero que cobra todo el valor para poder restituir aquello de lo que no se quiere saber.



En otra ocasión, cuando alguien en una conferencia le hizo una pregunta impertinente, no solo por su contenido, sino por lo que Javier venía elaborando en esa sesión, no tuvo ninguna dificultad en dar una respuesta, por supuesto, abriendo la posibilidad a que el auditorio lo pensara un poco, y a quien le propuso la pregunta que siguiera el curso de análisis de la misma, porque ese cuestionamiento, bueno, era de él, de quien hacia la pregunta. El tono más sincero y más directo, respetuoso siempre, se dejaba escuchar aún en esos momentos claves, en dónde los demás escuchábamos imprudencia o un fuera de lugar, él escuchaba la oportunidad de hacer vivir el inconsciente.



Una vez más, no hace muchos años, comentaba cómo en su finca una vez, tomándose un tinto o un aguardiente, llegó un vecino suyo, una persona nueva en el sector donde él tenía su casa, y entablaron conversación. Su vecino le preguntó a qué se dedicaba, y Javier le respondió, soy psicólogo. ¿Por qué no decirle psicoanalista? Yo me respondo, sin ser la verdad de Javier, ero si la enseñanza que me dejó: Porque él no estaba interesado en figurar con mayores o menores títulos, porque le interesaba hablar y escuchar sin interés mediado por un saber específico, porque “ser psicoanalista” no respondía de su ser, más su ser estaba más allá de todo bien para el otro, lo que le permitía ser un excelente psicoanalista y enseñante.



En este punto es difícil seguir escribiendo de una forma que no sea de la intentar traerlo al texto, y por eso me permito las siguientes palabras.



Javier. Gracias. Porque a muchos nos mostraste un camino. Nos trasmitiste, más que un interés, el deseo de trabajar, de asumir hasta la última consecuencia eso a lo que nos dedicamos. Me dejas muchos recuerdos, algunos no tan diáfanos como me gustaría, mientras otros cobran su mayor vigencia ahora.



Uno de ellos es la idea de la belleza con que escribiste en aquel día en que se lanzó uno de los productos de tu esfuerzo:  la revista “Desde el Jardín de Freud”. Recuerdo que tus palabras fueron poéticas, en una “justa medida”, logrando dejarme conmovido. Es lo que pasó en cada sesión de trabajo contigo, porque libre de pretensiones apuntaste siempre a un deseo más allá de “todo bien”, como nos lo explicabas no hace muchos días. Ese estilo tuyo, irrepetible, interesado siempre en hacer sencillo lo complejo y en transmitirlo ¿Cómo no idealizarlo? ¿Cómo no extrañarte? ¿Cómo no sufrir el dolor de tu partida sin más de tus palabras?



En lo que a mí respecta, me quedo con tu humor, siempre en un marco de una inteligencia docta, que no se cansaba de transmitir la alegría del saber, ubicándolo siempre en otra parte, en particular en tus estudiantes y analizantes.



Te queremos. Y por eso no te olvidaremos. Nuestro trabajo siempre estará preñado de tus enseñanzas, aún de aquellas que no te propusiste con nosotros, pero que al fin y al cabo, nos hacen ser lo que somos.



Una parte de nosotros eres Tú, Javier. Vivirás y te haremos vivir otro rato más, hasta que la secuencia prosiga, hasta que la memoria nos funcione, hasta que nuestro deseo siga encarnándose en lo que día a día hacemos.



Hasta siempre, Javier.





Evaristo Peña Pinzón

Junio 1 de 2012

viernes, 14 de octubre de 2011

Reseña sobre: “LA FUNCIÓN DEL PADRE EN PSICOANÁLISIS”, Y “EL PADRE REAL, EL PADRE IMAGINARIO Y EL PADRE SIMBÓLICO, LA FUNCIÓN DEL PADRE EN LA DIALÉCTICA EDÍPICA”, “LA FUNCIÓN PATERNA Y SUS AVATARES”

Basado en Joel Dor, El padre y su función en psicoanálisis, capítulos 1, 4 y 5, Nueva Visión, Buenos Aires, 1984.

Evaristo Peña Pinzón
Psicólogo Universidad Nacional
Candidato a Magister Psicoanálisis y Cultura Universidad Nacional de Colombia
Docente Facultad de Psicología Universidad Antonio Nariño

Partiendo de la experiencia del pequeño niño en el marco de la fusión inicial con su madre, llegamos a la problemática del padre en tanto representante de una ley isomorfa al deseo. Freud adelanta este descubrimiento en el momento en que propone el edipo como drama vivido por el pequeño/a ante la inminencia del cambio rotundo de la mirada de su madre sobre otro lugar en el lazo familiar[1]. Lacan propondrá, con su estructuralismo, una situación en la que los elementos se juegan de una manera particular, a saber: la instauración de una ley producto de la función metafórica del deseo materno gestionada por el padre. Así, la problemática inicial que se planteará es la calidad, el estatuto del padre, en relación con lo que el psicoanálisis descubre en el complejo de edipo.
Iniciemos por seguir lo que el autor propone en relación con que el concepto de “padre” en psicoanálisis. No se trata del personaje encarnado sino de una función propia de la estructura producto del lenguaje en la que se forjan los sujetos humanos. De allí que la noción de padre en psicoanálisis sea la de operador simbólico, que si bien no es histórico debido a que no se refiere a quien ha sido genitor, en la medida en que él no funda la función[2], sí es el que puede ordenar y originar la historia subjetiva en tanto historia mítica.
Esta historia mítica se refiere al paso de ese instante preedípico a un enlace con los vínculos sociales vía la prohibición remarcada para el sujeto y hecha represión, operación que sobrecoge a la fusión fundamental de la madre con el hijo.
La consistencia de la función paterna es la cuestión estructurante puesta en acción para el sujeto en un segundo tiempo, después de sus enlaces imaginarios que hacen posible la emergencia del sentido y de allí el anudamiento con lo simbólico, todo en un marco de operación lógica de soporte de los elementos, los cuales logran eficacia solo en la mediación que cada uno hace de los demás.
Ahora, “operador simbólico” se entiende como aquello que reemplaza un significante fundamental por otro significante, siendo el significante fundamental el que aporta la madre en la fusión con el niño. De allí que podamos decir que ésta “función paterna”, en tanto simbólica, es universal, pues es la cuestión que logra en el humano forjarse como tal en las redes del lenguaje, indistintamente de las costumbres o demás características de lazo que se imponen en cada vinculo familiar particular.
La función que cumple el “operador simbólico” atraviesa la sexuación del sujeto, siempre en lo plausible de una identidad construida y por ende no reductible a la bipartición biológica, hecho que permite al sujeto desplegar sus identificaciones más allá de una adaptabilidad instintiva. La función paterna es condición de la sexuación, pero también, de ahí en adelante, de la organización de los significantes con los que el sujeto esforzará representaciones, otros significantes con los cuales encontrará rastros de su pérdida y de sus elecciones, dentro de las redes del deseo.
Las consecuencias de pensar la cuestión del padre como “significante ordenador simbólico” son:
·         Ningún padre de la realidad es poseedor ni fundador de la función simbólica a  la que representa.
·         Un padre en la realidad se constituye en el vector (direccionando) de esa función.
·         La cuestión será más de la cualidad del padre dentro de la estructura, y al hablar de cualidad de entenderá la naturaleza de su funcionamiento en tanto elemento (padre simbólico, imaginario o real).

La estructura hace un lugar al padre, y su función prevalente será la de depositario de hacer valer la existencia de la ley de prohibición del incesto, la cual prevalece sobre las normas y preexiste a todas las reglas de interacción humana.
La estructura en donde se tramitarán los estandartes del padre será el espacio de negociación imaginaria entre los protagonistas de la fusión original: madre-hijo, quienes al inicio se encuentran referidos siempre a la respuesta por el estatuto del falo en tanto que significante del deseo de uno y de otro.
El falo será un significante de entrada para una mujer en la vía de ser madre, al obtener por medio de su sexualidad la posibilidad de encontrarse con un objeto que viene en el lugar de la falta en ser que posee: un hijo. Esta relación resulta bidireccional, pues ella invitará al pequeño a ser ese objeto que colma, momento fundamental en el que se hace un amarre primario de los corporal a las imagos fundamentales de placer-displacer mediatizadas por la madre, quien introduce también, en tanto función materna, las primeras transacciones simbólicas del pequeño niño.
Falo entonces que juega de maneras diversas para la economía subjetiva de la fusión inicial de la madre y su hijo, relación primigenia fundamental para establecer los elementos estructurales que se jugarán luego con la función paterna, la cual está siempre tras bambalinas para hacer su participación en la escena de triangulación edípica.
¿Cómo ingresa el padre a ser parte de esa fusión inicial y cómo logra operar en su calidad simbólica? Por medio de su existencia en los otros dos registros de la realidad humana; como producto de la necesaria naturaleza de incompleta que posee la madre, se realiza su interés más allá de su hijo-falo, favoreciendo la entrada en la fantasía del rival para el niño/a; pero también la condición de que un padre se dirija a esta y responda de su propio deseo, es decir, de esa falta en ser que porta como hombre y que la hace dirigirse a ella como objeto de su deseo.
Entonces no se trata de tiempos cronológicos secuenciales, se trata de tiempos lógicos que implican la existencia de elementos suficientes para que se subjetive el edipo como drama estructurante en el sujeto.
El padre será convocado, en un estatus de real[3], para dar prueba de su derecho de ciudadanía en el país otro que es la fusión de la madre con su hijo-falo. De allí que ésta noción de padre real sea más cercana al de la encarnación, pero siempre en función de lo que se operará simbólicamente, es decir, en relación con la operación de sustituir con un significante otro significante que representa al deseo materno.
El hecho de estructura fundamental será entonces que el deseo materno sea susceptible de dirigirse a otros significantes y no solo al hijo, ley interna de la ordenación simbólica que antecede como prohibición del incesto para la madre, lo que abre la puerta para la sujeción del pequeño a ésta ley, la cual equivale a desear más allá de la relación preedípica inicial.
El operador simbólico realizará su labor en tanto metáfora, operando como un significante: nombre del padre. Este, en tanto elemento de la cadena simbólica, permite sustituir el deseo materno para la realidad del infante.
Ahora bien, la situación es partir de esta operación para entender que se trata de una función simbólica, que se cumplirá bajo las condiciones particulares de la estructura que se juega en la negociación libidinal del triángulo madre-hijo-falo. Intervendrá el padre en categoría de operador de sucesiones lógicas de investiduras diferentes, tanto del objeto como de su lugar en la estructura.
La función paterna propenderá por:
  • Instituir y regular la dimensión de complejo y de conflicto del edipo.
  • Promover el desarrollo de la dialéctica edípica en tanto sustitución metafórica del deseo, lo que no exige la presencia de un padre real.
  • Evidenciar que la carencia del padre simbólico tiene que ver con su inconsistencia dentro de la estructura para realizar la metáfora del deseo, lo cual no es coextensivo de tal o cual carencia en, o de, un padre real.
  • Operar solo en calidad de función simbólica, metáfora del nombre del padre.

Las operaciones lógicas de corte que se producen y que dan un estatuto determinado al objeto y su falta son introducidas justamente en las modalidades como la función se realiza en sus distintos registros, sustentándose en la existencia de un padre, comprendiendo que su acción es funcional más que de emergencia cronológica, y que su participación en la escena desde los diferentes registros es lo que alimenta el potencial de efectos que se consolidaran con la metáfora paterna.
En la historia del pequeño, mítica, los primeros objetos que vienen en el lugar de solucionar la necesidad corporal son ajustados por el deseo materno, lo que hace que estos objetos en tanto reales sean fijados como imagos por un agente simbólico que sería la madre en tanto dadora de alimento, cuidado, etc., serie de objetos que se introducen como sentido, significados impuestos por la madre, los cuales nunca resultan equivalentes a las necesidades orgánicas del niño, pero fundan una primera transacción bajo las condiciones del deseo del Otro y de su poder: dar el objeto en tanto que don de amor, pero a la vez restringirlo debido a las condiciones que la realidad imponen a su no-permanencia en el espectro del pequeño/a.
Con las primeras simbolizaciones ya ancladas se producen efectos estructurales de privación de objetos simbólicos. Porque se ha instituido el objeto como significante, como parte de la transacción susceptible de hacer con el Otro por vía del deseo y la demanda, se establecerá una privación real de un objeto simbólico. Real porque se trata de eso que dona el Otro, no está en el pequeño: en la ausencia del Otro se instituye parte de la realidad contundente, inmanejable por demás a menos que haga el esfuerzo de representar dicha falta. Se introduce un agente imaginario, a quien se le supone la calidad de ser el que es capaz de hacer desaparecer la presencia del objeto simbólico que el otro materno da. Este agente será objeto de rivalidad en la fantasía del infante en tanto que se le supone ser quien posee  las cualidades que producen el efecto de las idas y venidas de la madre. Estatuto del padre imaginario.
En la castración se trata de una operación simbólica, ejecutada por un agente real sobre un objeto imaginario[4]. El niño, en tanto falo imaginario de la madre, sale de su estatus para dar paso a la simbolización consolidada y así anclarse con mayor posibilidad en las experiencias de la “falta de objeto”, todo debido a la retroactividad de sus vivencias. Esta operación es en presencia del padre real, que da prueba de su derecho en el deseo materno, coartando tanto la satisfacción de la madre y la del niño.
Todo el proceso derivará en la constitución de la metáfora paterna como causa de la represión original en el niño/a, debido a que la fusión preedípica ha sido intervenida y retornar a esta se torna en insoportable estructuralmente, y dramática para el sujeto. Al estar expuesta la estructura al elemento de la falta del Otro materno y a la sustitución posible de éste con el significante del nombre del padre, se funda la división subjetiva que despliega el potencial simbólico para la existencia del hablante, del inconsciente y de las modalidades específicas de relacionarse con el objeto[5].

EL PADRE SIMBÓLICO
La función del padre simbólico logra hacer que la ley de circulación del falo se cumpla en calidad de significante que no se estanca en lugar alguno, que siempre está en juego entre los protagonistas del triángulo edípico.
Solo es posible que ésta función opere en la medida en que los protagonistas asuman un determinado lugar que se encuentra predefinido por el orden simbólico, en primera medida por cuenta de la diferencia de los sexos, cuestión que refiere a la existencia de seres con pene o sin éste, estatuto que lleva a la representación de seres poseedores de un órgano y de otros que no, de ésta representación se configura la cuestión de suponer el tener. Cuestión fundamental, junto a la situación de ser, para que se den los primeros ordenamientos simbólicos hasta lograr la estructuración de un sujeto.
La situación crucial es que los protagonistas poseen un lugar, asumiendo ser dentro del juego de relaciones familiares, lo que introduce la serie de situaciones para los juegos de poder que se darán en la estructura, poder relacionado con la plausibilidad de tener o ser un objeto privilegiado, según sea el momento de la estructuración. La madre asume un determinado lugar en la relación con su hijo, y éste, en la misma vía, un lugar que intenta corresponder al deseo materno. Ambos aportan a  la dialéctica de la transacción del objeto por cuanto el niño se constituye como objeto privilegiado, fálico, del deseo materno, y la madre aportará los objetos fundamentales para que lo imaginario consolide lo real y haga lo propio para favorecer la simbolización. Momento preedípico, al que se le adosará la existencia del padre en razón de la manera como éste tenga o no un lugar en el discurso materno para la regulación de la economía psíquica del niño. De allí que es necesario distinguir en calidad de qué adviene un padre en la realidad psíquica del niño y en el deseo materno, crisol en el que se consolida el edipo, dando paso al deseo-ley y a la existencia de un sujeto.
Lo crucial de este paso radica en que en el se definirá toda la incidencia para el niño frente a las opciones de ser o de tener, de acuerdo con lo que la estructura le ofrece para sus identificaciones más allá de la fusión primaria con su madre. De hecho, se comprueba en las situaciones de la clínica y de lo social cómo el sujeto habla de las identificaciones que, más cercanas a ser el falo de la madre, dejan al sujeto en un lugar de desmentida de la castración, asumiendo su papel para muchas de las situaciones vitales desde el desafío o la transgresión. Apuntemos que dicha castración no es otra que la de la madre, correlativa de la ley que imparte el padre en tanto metáfora: que hace corresponder la falta de la madre con el deseo por otra cosa diferente al niño. En la estructura perversa el sujeto se encierra, queda capturado, en la representación de una falta que no simboliza, que lo llevará a retractarse en lo sucesivo de la castración materna, construyendo además un andamio para impugnar incansablemente la ley que ha quedado interdicta en oportunidad del estancamiento de la cuestión fálica dentro de la estructura. Y no es que el padre aquí no opere, sucede que su operación no se constituye simbólica, y el sujeto queda pues atrapado entre el ser y el tener imaginarios de la relación con el deseo materno.
El autor apunta lo interesante de encontrar en la estructura perversa la “llamada seductora de la madre asociada a la complacencia silenciosa del padre”, fantasía que habla de los factores que, en circunstancias propicias, logran contundencia para que el sujeto opte, en relación con las posibilidades abiertas o cerradas por los significantes maternos y paternos, en relación con una dialéctica que cavila entre ser y tener, opciones que la identificación fálica primordial, de orden imaginario, le han mostrado. Identificación con un yo ideal que es susceptible de perpetuarse.
En la estructura del obsesivo el estatuto del padre ha intervenido marcando el índice de su deseo, el del padre, para cerrar el paso a la identificación fálica del niño, pero no del todo, pues queda abierto un paso regresivo para que el sujeto juegue entre idas y venidas sostenidas por una insatisfacción existente en el discurso de la madre, justo referida a su relación con el padre, lo que se interpone a que logre su operación simbólica. El niño entonces tiene elementos suficientes para simbolizar la falta, pero a pesar de que existe un reconocimiento de que el objeto ha sido perdido, no deja de insistir con la idea de que puede retornar a la ubicación de éste en el deseo materno, justo porque dicha insatisfacción materna convoca al niño en el lugar de identificarse con el falo, lo que conlleva a que viva la “nostalgia” de ser lo que completa a la madre, con la aspiración a lograrlo a sabiendas de que sus vivencias reportan lo imposible de ello. El mecanismo para el obsesivo será el de reprimir lo que él era para el deseo materno, y los significantes que connotan lo mortífero de esa relación así planteada por la madre. En esa nostalgia se escucha cómo el obsesivo aspira  a lograr ese lugar, y cómo el padre (o aquellos que representan su imago) se interpone en el camino para su logro, asumiendo el sujeto un goce pasivo de ser el objeto de la satisfacción del Otro materno a la vez que vive una rivalidad permanente con todo aquel que represente las investiduras paternas, elementos correlativos en tanto que las aspiraciones del obsesivo siempre están en el próxima realización, suponiendo que es capaz de reencontrar la satisfacción, la cual considera interdicta por el padre, esperando su declinación para poder acceder a aquello que le es vedado.
Veamos que la distancia del perverso y del obsesivo es estructural en tanto que los modos de enfrentar la cuestión de ser y tener en el primero quedan restringidos a formas ruinosas o marginales de encontrar la transacción posible ante la castración insoportable en la madre (y en las mujeres), echando mano del fetiche para poder solucionar el impasse, o proponiéndose él mismo como objeto de goce de la madre, pero con el fin prácticos de denegar lo insoportable de la falta del Otro ante sus propios ojos, se desliza entonces mediante objetos postizos e imaginarios al enfrentamiento vital con la falta. El obsesivo sacrifica en parte el tener por el ser aquello que colma al Otro, lo que lo lleva a permanecer cautivo con la imagen propia en la perspectiva futura de lograr satisfacer al Otro materno, generando una pasividad recalcitrante para su propio deseo y una rivalidad con aquellos que se interpongan en algún proyecto de satisfacción, aún si esta no es buscada activamente. Para el perverso la madre se constituye en una figura ambivalente: santa/obscena. Santa en tanto que ella no dirige su deseo hacia el padre, debido a que su discurso deniega lo que el padre le puede ofrecer, desde la perspectiva del perverso es una santa-asexuada, virgen devota de su hijo que es omnipotente; obscena en tanto que, si muestra que su deseo pasa por las redes del padre, es merecedora de los vejámenes que el perverso impone, una doble transacción en la que siempre resulta él dentro de un contrato en el que juega a ser el falo o a tenerlo, a producir en el otro la seducción ante lo abyecto y lo primario de goces parcializados imaginariamente. El obsesivo se divide entre actuar y esperar atento la oportunidad, que no llega nunca planteada en su esplendor, de colmar el deseo de la madre. Se las ingenia para permanecer a resguardo de enfrentar la responsabilidad de la demanda, haciendo que el otro se proponga adivinar lo que él mismo no concreta: cara pasiva en la que hace esfuerzos indecibles por encontrarse con eso que lo colmaría a él colmando al Otro. Por otro lado, se asegura siempre de controlar y dominarlo todo, con la idea de que así nada queda librado al azar, y pueda protegerse de un porvenir incierto, porvenir que le revelaría su calidad de deseante. Su principal actividad consistirá en sustituir él mismo al padre para llegar a ese lugar junto a la madre.
Por otro lado encontramos la histeria, en la impugnación fálica que se abre paso por las vías de interrogar a los protagonistas de la escena en relación con la pertenencia del falo. La cuestión se trata para la histeria de la reivindicación de tener el falo, tener eso que causa el deseo del Otro, haciendo lo posible por revalidar aquí o invalidar allí aquello que un semejante pueda tener para ofrecer. Justamente, elige el lugar de tener el falo para identificarse, partiendo de que el sujeto se cree privado del objeto a partir de la vivencia de insatisfacción, al haber salido de la lógica de ser el falo en la relación con la madre, su perspectiva se convierte en la de tener el falo que responde por el deseo del Otro. Se deriva entonces la posibilidad, desde la fantasía de la histeria, de que la madre era poseedora del falo y que éste es un atributo que le corresponde en posesión a un protagonista, es decir, que alguien lo tiene y que solo se trata de una privación sufrida al declinar su posesión. Se abre entonces la sintomatología de la histeria en el horizonte de identificarse con quien posee el falo, asumiendo roles de desposesión-posesión con sus semejantes, en lo cual se evidencia la posición sintomática asumida ante la función paterna. La postura infantil, podríamos decir, que se demuestra en la histeria se encuentra en proporción con quedar alienada con el deseo del Otro en un espacio imaginario en el que la confusión de la identificación y las aperturas a lo simbólico han sido estorbadas por vivencias o fantasías del sujeto, en las que se aprovecha la oportunidad de signar significantes en tanto traumáticos, como causales de la privación que se aspira superar en términos de posible completitud.

Bibliografía y referencias:
  • Jacques Lacan, El Seminario Libro 1, Los Escritos Técnicos de Freud, Paidós Editores, Barcelona, 1983.

  • Jacques Lacan, El Seminario libro 4, La relación de objeto. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2004.

·         Jacques Lacan, El Seminario libro 5, Las formaciones del inconsciente. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2007.

·         Jean-Baptiste Fages, Para comprender a Lacan, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 2001.

·         Joel Dor, El padre y su función en psicoanálisis, capítulos 1, 4 y 5, Nueva Visión, Buenos Aires, 1984.

·         Sigmund Freud, Obra Completa, Tomo 10, Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.

·         Sigmund Freud, Obra Completa, Tomo 14, Introducción del narcisismo. Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2006.



[1] Se puede revisar el asunto en varios lugares de la obra freudiana, pero en especial en el caso del pequeño Hans. Sigmund Freud, Obra Completa, Tomo 10, Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Editorial Amorrortu, Buenos Aires, 2005.
[2] La claridad al respecto es que cada vez que emerge un padre se reedita lo que en la secuencia de generaciones humanas se ha logrado en acuerdo, que la fundación de la instancia paterna es también mítica.
[3] Más adelante se tratará sobre los registros en los que emerge el padre en calidad de simbólico, real e imaginario en relación con las operaciones que realiza en la realidad del humano.
[4] Jacques Lacan, El Seminario libro 4, La relación de objeto. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2004; y Jacques Lacan, El Seminario libro 5, Las formaciones del inconsciente. Editorial Paidós, Buenos Aires, 2007.
[5] Recomiendo como apoyo la lectura de Jean-Baptiste Fages, Para comprender a Lacan, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 2001, especialmente las dos primeras partes del primer capítulo, en donde expone la transacción significante-significado, siendo la que soporta, en tanto efecto estructural del lenguaje, la posibilidad de que el deseo materno sea transado con la metáfora paterna.